Soy un periodista de Rosario, Argentina, trabajo en un canal de cable local y hace años empecé a escribir como buen método de descargar tensiones internas. Sin querer (o queriendo inconscientemente quién sabe?) en lo escrito se empezaron a formar historia
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Sábado, 31 de diciembre de 2005
Calor de media tarde. Día tórrido de verano. Tito suda sobre el torno y sus gotas de sudor, bendicen el acero que poco a poco se transforma bajo su experto manejo. Calor de locos. Un calor que tito asocia libremente con una cerveza bien fría y una picada de fiambres junto a su mujer y sus hijos. Corre la década del ’60, y la industria metalúrgica esta en pleno auge en la Argentina que bulle con violentos aires políticos que no afectan, en apariencia, el inmenso poder de producción de un país en continuo peligro de estallido social.
Suena la sirena en la fábrica y tito se suma en la salida a miles de obreros que se multiplicarán por otros miles en otras tantas fábricas a lo largo de todo el país. Tito es feliz. Monta en su moto recién comprada y marcha a encontrarse con sus hijos en su casa, recién construida, en el barrio recién poblado.
Bulle el verano y levanta del pavimento oleadas de calor como centauros que cabalgan la piel de tito que nada de eso siente. El viento le pega templado en la cara y rueda que rueda la moto corre sobre las calles a la búsqueda del ansiado reencuentro.
La vida le sonríe y sueña con sirenas. Va andando la vida por el año 1965. El ambiente político sigue enrareciéndose. Han derrocado ya a Arturo Frondizi y se teme que las Fuerzas Armadas desplacen también al actual Presidente, Arturo Illia, antes de una nueva victoria peronista. La idea de una “revolución nacional” es la idea de muchos algunos sectores del Ejército trabajan en los planes que se pondrán en marcha una vez marginadas las autoridades constitucionales.
Tito en Rosario lee el diario del domingo, está sentado a la puerta de su casa con un vermouth en la mano, bajo la sombra del árbol. De tanto en tanto mira a su hijo de 3 años que juega con autitos de madera que el mismo le arma en sus ratos libres. Lee las noticias y murmura maldiciones por lo bajo. Tito es peronista y como buen peronista de base responde a las ideas y movimientos del “general”, del “pocho”, como le dice el pueblo. Maldice la persecución, el exilio y la marginación a la que el líder del movimiento es condenado por sus detractores.
Pasa el tiempo pasa la vida, tito ve crecer a sus hijos, el golpe de estado de Onganìa lo rebela, le revuelve la sangre y el estómago, pero también las peleas internas de los sindicalistas que deben defender los intereses obreros antes que politizar la lucha. Esa lucha intestina que ya ha dejado como saldo dirigentes muertos. Tito sigue sudando sobre el torno y su sudor sigue regando la bendición del acero. El “granero del mundo” que es Argentina se ha convertido hace tiempo en una selva de industrias donde el movimiento obrero es fuerte.
El país se suma a los juegos de mundo.
Es la época de las ideas y los ideales, occidente y oriente se disputan América latina y hacen de ella el campo para dirimir sus diferencias. Pasa lo mismo en Vietnam y en tantos otros lugares remotos a los centros de decisiones. Convierten a América en un campo de batalla que se extiende desde Nicaragua hasta el cono sur, las ideas de izquierda se disfrazan de tercera posición y las de derecha se visten de cañón. El ímpetu de los jóvenes y la mecha de la revolución, es frenado poco a poco y la izquierda va perdiendo la batalla en la brutalidad de la muerte. La década del 70 abre sus puertas. Perón regresa pero ya no es el general aquel de temple y garra. Un brujo y una mujer lo flanquean y ya ni él puede sostener en su cauce los ríos de furia interna que se desatan en el movimiento parido hace casi 3 décadas, allí también la izquierda y la no tan izquierda han sembrado su batalla.
Tito llora y maldice por su líder muerto y por la nueva llegada de una dictadura pedida por muchos. Piden la imposición de mano dura para frenar la ola de atentados de asesinatos y de virtual guerra civil. Golpean la puerta de los cuarteles. No saben lo que piden. La intervención militar dejará la más nefasta y vergonzosa herencia de los argentinos del siglo 20. Los más sensatos y menos marcados acallan sus voces y sobreviven a la caza de brujas, los más osados siguen la pelea y en le medio mueren o desaparecen que es lo mismo. Los más marcados y menos jugados escapan, se esconden, eligen el exilio.
Tito ve crecer a su hijo. Es hijo de los 70. Hijo de la dictadura.
Tito ya no es el mismo y la Argentina tampoco. Sucesivos planes económicos y depresiones financieras hunden al país en violentas convulsiones. Entramos en los 80 con muy pocas alegrías y demasiadas penas y vergüenzas. Tito sufre un infarto y su hijo, a punto de cumplir 18 años, lo asiste junto a su madre mientras espera la llegada de la ambulancia. Ambos ansiosos buscan en el aire el sonido de la sirena. Una sirena que tendrán que esperar muchas veces más en la larga enfermedad de tito que a partir del primer infarto sufrirá varios más hasta dejar su vida en una cama de hospital.
Tito ya no es el mismo y su hijo, tampoco.
El nene aquel que jugara con los autos de madera, hoy trabaja en la metalúrgica donde antes trabajo su padre. Terminó el colegio secundario pero nunca logró pasar del primer año de facultad. En Argentina los tiempos políticos son otros. Treinta mil desaparecidos, la apertura de las importaciones y una guerra perdida fue algo del saldo que dejó una dictadura militar que secuestro bebés, mató adolescentes y robó sin escrúpulos en pos de un objetivo dictado por las potencias supremas. Ganarle la guerra a la izquierda.
Con el verano de 1982 llegó también la democracia. Otro intento más. Cambian las caras, se esconden los antiguos rostros. La gente pide justicia pero no se anima a agitar las aguas de la democracia por temor a la tormenta. El hijo de tito en su moto importada corre veloz a su casa donde descansará y luego del partido de fútbol con los amigos irá a visitar a su novia que lo espera. En una de las tantas visitas le dará la noticia que ha quedado embarazada.
La nueva democracia trae aparejada momentos de incipiente euforia y sucesivos planes económicos que van chocando con los intereses de mezquinos políticos en busca del poder. El gobierno se socava y luego de una breve primavera cae en un invierno cruel.
En 1988 comienza el principio del fin.
La brecha entre la moneda nacional y el dólar obliga a imponer otra devaluación. Los sucesivos levantamientos militares y la pérdida del poder político asolan el gobierno de Raúl Alfonsìn.
El hijo de tito es uno de tantos. Se queda sin trabajo y, ya casado y con hijos, comienza a bajar por la parte más rápida de la pendiente. El más grande de sus hijos tiene ya 5 años y detrás de él vinieron dos más. Ya no tiene salidas. Su padre murió, la fábrica donde trabajaba cerró, su mujer está otra vez embarazada y la casa en donde vivía fue rematada.
Corre loco el año 1989. Oleadas de gente en Buenos aires y Rosario se meten en los supermercados en busca de cualquier cosa que se puedan llevar. Son los saqueos. El hijo de tito y su mujer recorren las góndolas junto al centenar de personas. La policía nada hace. El gobierno tambalea en sus últimos estertores. A lo lejos el hijo de tito escucha el ulular de la sirena policial y sin quererlo lo asocia con aquella que su padre y él escucharon hace tiempo en la fábrica, hoy cerrada.
Entramos en un nuevo siglo. Unidos y dominados. El hijo de tito sueña perdido entre su nube de alcohol. Pasa y repasa la historia. Se acuerda de la moto importada de los autitos de juguete, de su padre, de la casa y del trabajo. Sueña mientras sus nublados ojos lloran de rabia. El calor del verano calienta la chapa de la casilla y él, recostado, medio borracho y sudando, llora de impotencia bajo la mirada cansada y hosca de su esposa. Una vida de infortunios, años de ignominia, de luchas perdidas, de ideales entregados. El rancho lleno de hijos, lleno de mugre. Lleno de vergüenzas y dolores.
Enero del 2002 y el nieto de tito, el más grande, ya ni se acuerda de su padre ni de su abuelo. Con 19 años esta lleno de condenas, la vida le dio en suerte un destino de perros. Ya temprano abandonó la escuela y junto a su madre y sus hermanos se fue a revolver basura para poder comer. Su padre, alcohólico y destruido se quedaba en el rancho divagando sobre historias de fábricas, de sirenas, de casas de material y eneros de vacaciones en las sierras cordobesas. Él nada entiende de eso. Entiende de basura, de hambre y de la brutalidad de una vida marginal que, poco a poco, lo absorbe, lo hace suyo. Sus sirenas son las de los móviles policiales y a lo lejos la de las ambulancias cuando algún compañero de fechorías, cae alcanzado por las balas. Nada entiende de otra cosa.
Poco a poco se hace un experto en el arte de sobrevivir en un mundo violento. Antes de su mayoría de edad ya tenia tres hijos y venían dos en camino. Su pareja, tan expuesta a la brutalidad como él. Sale por las noches a prostituirse para poder llevar unos pesos más para sus hijos.
El nieto de tito otea por las noches el aire como un animal. Sale con dos o tres compinches y se trepa por techos ajenos. Sus pulmones están llenos de humo y su sangre se inunda de droga. Primero fue el pegamento, después la marihuana y ahora es la cocaína. Su cerebro se embrutece más y más. Sus músculos se vuelven correosos a fuerza de golpes y supervivencia y su cuerpo flaco por la mala alimentación es una máquina de delinquir.
El nieto de tito vive sin vivir. Una noche al regresar de sus andanzas encuentra la noticia fatal. Su mujer se fue con otro fiolo que le prometió una vida mejor. Él desespera. Toda la villa lo sabe. Muere de vergüenza. La vergüenza se multiplica por miles de soles que le queman la sangre y le hierve el cerebro. La droga corre loca por sus venas y se mezcla con la demencia y el alcohol. A unos metros de su rancho, el hijo de tito, su padre, sigue soñando con las sirenas de su fábrica. Las mezcla en su memoria con las ambulancias que tantas veces corrieran por la vida de Tito tras el infarto. El nieto de tito nada ve, nada siente. Sus cinco hijos, los mellizos de 2 años y los otros, de tres, cuatro y cinco duermen todos juntos en una misma cama.
Afuera el calor se desata en tormenta de verano. Las nubes cubren el cielo y la lluvia se desarma sobre la ciudad. Las gotas golpean en la chapa del rancho y el nieto de tito las siente en su corazón marchito, en su alma seca y en su piel gastada de 19 años que son un millón de años de vida inmunda. Su mujer se fue con otro y la droga y el alcohol lo enloquecen. El arma que tantas veces apuntara a otros, esta apuntando a su cabeza. No ve, no piensa, no siente nada más allá de la furia y la vergüenza.
La lluvia cesa. El aire frena su andar y en la villa, un silencio de muerte deja paso a 6 disparos y una locura. Una locura y mil llantos. Mil llantos que se multiplican en miles de lamentos y dolores que ni la lluvia más feroz puede lavar. El hijo de tito escucha los disparos sin saber que su hijo acaba de cometer una locura atroz, la más imperdonable de todas las demencias. Nada sabe que sus nietos ya no están, nada presiente que su hijo se fue con ellos. Escucha a lo lejos las sirenas de la policía, mezcladas con las de las ambulancias y llora. Llora por el pasado perdido, por el presente ignominioso y por un futuro inexistente. En su locura de degradación, no alcanza a entender en que momento las sirenas de las fábricas se trocaron por sirenas policiales.
Su hijo ni siquiera tuvo la oportunidad de analizarlo. La vida lo lanzó en un tobogán de locura y criminalidad en el cual sus responsabilidades deben, necesariamente, ser compartidas por la sociedad.
Llueve en la villa. No a parado de llover desde las detonaciones fatales. El barro se regodea por el lugar tanto como lo hace la tristeza y el dolor. El cortejo fúnebre sale del rancho humilde y los 5 cajoncitos blancos, son rodeados por la gente como queriendo separarlo del más grande. La madre de los pequeños llora desconsolada y no puede caminar sin ayuda. Llora la villa la muerte de los niños. La lluvia riega de llanto el lugar, y da las làgrimas que una sociedad hipócrita, poco comprometida y cobarde jamás otorgará. A lo lejos se escuchan las sirenas, quien sabe porqué.
Por sobre la villa, recortada nítida contra el cielo y en medio del aguacero, la muda chimenea de la fábrica cerrada espera por el milagro que despierte su sirena.
Mi cabeza se movía de un lado hacia el otro y mis manos se estrellaban contra mis ojos en una búsqueda desesperada por despertar de esa pesadilla loca en la que estaba. La dama de la guadaña se reía con un rictus de soberbia en su cara. Su cuerpo se transformaba en una horrenda gárgola que, agazapada sobre una rama, esperaba el momento de atacar. De pronto, ante mis ojos, en una metamorfosis increíble su cuerpo se estilizaba y se convertía en un ser de forma humana con un cuerpo muy estilizado y al instante siguiente desaparecía para reaparecer detrás de mí. Me sentía mareado, asqueado. Sus manos me tomaron de la cintura.
Sobrevino una explosión repentina. Toda oscuridad. Sólo murmullos extraños. Mis ojos se fueron acostumbrando a las tinieblas y alcance a ver un punto luminoso en la distancia que se acercaba mientras la muerte y yo caminábamos hacia él. El murmullo se torno sonido cierto y la oscuridad se transformó en penumbras. A mis costados habían aparecido butacas. Filas interminables de butacas a un lado y otro, hasta donde mi vista pudiera ver. En ellas, sentados cómodos, hombres y mujeres de todas las etnias conversaban animadamente mientras miraban la pantalla.
La muerte seguía llevándome hacia la luz verde azulada de las imágenes que se proyectaban. Mas cerca estábamos y mas ensimismada se volvía su actitud. Sus pupilas, negras de principio a fin, despedían un halo de luz demencial, su pecho subía y bajaba, excitado por algo que se encontraba mas allá del paño blanco que servía de soporte a las imágenes.
Nos acercamos a la pantalla hasta quedar con las narices en ella y, sin saber como, atravesamos el paño y nos encontramos dentro de las imágenes. Las luces y fuegos de artificio se transformaron en ensordecedores explosiones y las columnas de humos salían de edificios en llamas. Los gritos de dolor se escuchaban nítidos a través de las ráfagas de metralla y el sonido de las construcciones derrumbándose.
Mi desagradable acompañante había soltado mi mano y había aumentado su tamaño en forma considerable. Sus pies se elevaron del suelo y voló hasta quedar por sobre el sangriento escenario. Toda su figura dominaba el lugar. Sus manos extendidas aferradas a la capa cubrían con una sombra funesta las masas de seres humanos que se desplomaban ante las esquirlas de las bombas. A mis espaldas la marea de espectadores, solo veían un montaje con luces de colores sin saber que desde este lado, la sangre y el dolor eran moneda corriente. Sólo veían lo que querían que les mostraran. Era una guerra cinematográfica.
La muerte daba vueltas enloquecida y de tanto en tanto me miraba regodeándose en su propia bestialidad.
_ Ves – decía – a la humanidad nada le importan sus congéneres. A fines del siglo XX y en los principios del XXI inventaron la guerra por televisión. Una manera adecuada de no sentirse culpables por no hacer nada. Es la supervivencia del mas fuerte y mas poderoso. Aquí – concluyó – en estos lugares, yo soy su majestad por decisión y orden de los más poderosos. Yo soy el fin al que se llega por cualquier medio.
Su majestad la muerte me paseo por ese lugar de miseria y destrucción. Soldados casi cercanos en apariencia a robots militarizados recorrían las ruinas entre las decenas de muerto entre los que predominaban mujeres y niños. Casi como un efecto cinematográfico, se escuchaba y veía en donde el horizonte se perdía el discurso de líderes mundiales asegurando que el conflicto no involucraría a la población civil y no sé que más. La última parte de la oratoria se perdió entre el llanto de un chiquito que se desangraba al lado de su madre muerta.
_No es verdad – le dije – esto no puede ser todo. Esto no es la esencia de la humanidad y, si bien puedes ser el fin no eres el todo
Sus manos se volvieron garras afiladas como navajas. Sus labios se abrieron y su boca mostró dientes llenos de sangre y putrefacción. Su carcajada rebotó entre los escombros de las ruinas.
_Dame tu historia – exigió – y se sentó sobre una pila de huesos a escuchar
Yo miré a mi alrededor. Mi fe se tambaleaba. Recordé cuantas veces la humanidad estuvo al borde del caos total y cuantas veces rebasó la raya. Recordé una a una las contiendas del siglo XX cuando las poblaciones civiles comenzaron a ser parte de las víctimas y como el hombre aplicó la tecnología esmerándose en construir máquinas para matarse mejor.
¿Hasta que punto estaría acertada mi contendiente? ¿Hasta que punto estaría yo herrado? Quizás sólo fuéramos un accidente de la creación que marchaba sin remedio a su extinción total.
Cerré los ojos a los estruendos. Cerré mi mente a las imágenes y, desde mi lugar busque en mi interior una historia que frenara a la muerte con la esperanza de una vida mejor.
Por: Jorge Albornoz Maggioni | General | Comentarios (1) | Referencias (0)