Soy un periodista de Rosario, Argentina, trabajo en un canal de cable local y hace años empecé a escribir como buen método de descargar tensiones internas. Sin querer (o queriendo inconscientemente quién sabe?) en lo escrito se empezaron a formar historia
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Sábado, 07 de enero de 2006
La marea de los tiempos es un agua que se mueve al influjo de una luna que la mayoría de los mortales no han podido aún acertar a predecir. Sobre finales del siglo XIX principios del XX las corrientes migratorias mundiales apuntaban hacia los territorios colonizados en el XVI por las potencias de Europa, mientras el mundo iba camino de un nuevo acomodamiento geopolítico.
Una serie de acontecimientos diversos generaron en esta parte de la historia, una verdadera marea humana que se desplazó desde el viejo continente buscando ocupar las plazas vacantes que en su país de origen, la tecnificación les había arrebatado.
Mas tarde, los tiempos de guerra transformaron el flujo migratorio en desesperadas masas que pugnaban por escapar no sólo de la metralla y las bombas, sino también del hambre y la miseria. Los barcos se llenaron de exiliados y el mar se convirtió en una ruta de una sola vía. Las làgrimas no alcanzaban para llorar las familias separadas, padres en un continente, madres en el otro. Hijos perdidos en medio de la guerra y el caos, intentando huir a como de lugar. Hermanos que por décadas se perderían el rastro.
Hoy en los comienzos del siglo XXI la luna cambió y el influjo de la marea se convirtió en una ruta inversa. Los descendientes de aquellos que otrora saciaran su hambre y su sed en Argentina, hoy golpean desesperados las puertas de España, Italia, Alemania y Francia, pidiendo la redención de los favores prestados a sus ancestros.
Cosas de esta historia que va y que viene.
Cuando me bajé del taxi en la esquina de un bar de Rosario, sabía que iba a buscar. Iba a buscar una historia de esas. Una historia de inmigrantes. De hombres y mujeres separados por la guerra, que tiempo más tarde vuelven a reencontrarse.
El cielo estaba gris, encapotado. Una persistente llovizna se desprendía en aquel anochecer sombrío de invierno. Ese paisaje me llenaba de tristeza. Mis padres murieron una noche así. En el comienzo de mi juventud. La imposibilidad de compartir mi vida y mi familia con ellos, me ponía muchas veces en un estado de ánimo que se exteriorizaba cada vez que el cielo descolgaba un aguacero persistente.
En el bar arrebujado en un rincón cerca de un falso hogar estaba Ernesto. La persona a quien iba a entrevistar. Saludos, comentarios de ocasión, pedido al mozo y de lleno a lo nuestro. Tantas ganas de hablar tenía él como yo de escuchar.
Ernesto era hijo de italianos. Su padre, dijo, era un gringo que trajo la guerra. Callado y severo tenía por dentro el dolor de su tierra perdida y la añoranza de aquellos que nunca más volvió a ver. Giusseppe se llamaba. Giusseppe tenía 18 años cuando su familia dejó los olivares en la "regione di Ascolli - Picceno". La madre lo subió a la fuerza y a escondidas en un barco y esa fue la última vez que la vio. Nunca más supo de ella. Un océano de agua y de locura humana, lo separó para siempre de los suyos.
Ernesto mira la nada entre el humo del café y el cigarrillo. Ernesto mira sin ver. Ve, en cambio a su padre sentado en un sillón del living hace ya 40 años. Lo ve grave y en silencio. Lo ve mirar el huerto de su casa por la ventana y ve sus ojos de humo. Ve su mirada que busca entre los terrones de tierra algún pedazo de su tierra. Ernesto escucha entre los pliegues del tiempo las noches de lluvia que pegaban en el techo como metralla y la voz de su padre que volvía a los olivares. Al atardecer de Italia cuando el sol se escondía entre los árboles y el se sentaba con su prima, Gina, a mirar la pintura de esa imagen sintiendo la calidez de cada jirón de luz. Mientras su padre hablaba sonaba en el ambiente una vieja "canzonetta". ¿Sería la que escuchaba la madre mientras fregaba?. ¿Sería la que cantaba el padre mientras trabajaba el campo?
Ernesto vuela por sobre el tiempo y ve las làgrimas de su padre que se escapan a escondidas de todos. Trata de ponerse en su lugar. Un mocoso de 18 años que llega muerto de hambre a una tierra que no conoce con un idioma que no entiende.
Durante muchos años trabajo el padre de Ernesto. Ahorro peso por peso y con sus ahorros se compró una casa. Una casa en donde plantó un huerto y un corral con gallinas, patos y conejos. Por la tarde cuando llegaba de trabajar se ponía a roturar la tierra y atender los animales. “A mis hijos nunca les va a faltar comida decía”. “Esta tierra es bendita” se le escapaba entre los labios mientras gruesas gotas de sudor corrían por su cara y besaban las verduras. “Papá”. Preguntó Ernesto una vez. “Porque no plantas árboles de aceitunas. Si salen lindos a lo mejor remplazan a los que perdiste en Italia”.
Ernesto recuerda. Su mirada se vuelve nostalgia y siente la misma ternura de entonces cuando escucho la respuesta que sólo entendió cuando creció. “Esos olivares no eran árboles. Eran mi cuna, mi niñez. Eran la “mía mamma” cuidándome en las noches o mi papá contándome cuentos. Eran los domingos de familia en la mesa ruidosa y llena de gente. No, hijo mío. Esos árboles nunca van a poder ser reemplazados. Esos están en mi corazón. Duelen en el alma cuando mis ojos los buscan en las noches de sueño febril y no están”
“Mi viejo”. Dice Ernesto. “Murió cuando mis hermanos y yo éramos muy jóvenes. No conoció algunos de sus nietos, pero murió con el orgullo de saber que nos había educado a todos sin hambre y con la fuerza para valernos cada uno por sí mismos.
Nunca volvió a sus olivares. Nunca pudo encontrar a nadie de su familia por más que buscó y buscó.
Cuando sus ojos dejaron de ver, yo estaba a su lado. Una dolencia repentina y terminal, lo postró para siempre y en unas pocas semanas se lo llevó. Unos minutos antes de morir esa madrugada, se despertó sin razón aparente. Las cortinas emitían un leve roce contra el marco de las ventanas. Me miró con esa mirada de humo que tantas veces le viera y en sus pupilas una luz de angustia dibujó su más secreto dolor. Murió dolorosamente consciente. Murió con la ternura de su familia y con la enorme tristeza de los que no pudo volver a ver. Se llevó consigo las ansias y las ganas de recuperar aquello que la vida le quitó y que nunca le devolvió”
La madrugada avanza en el café de Rosario pero yo, como Ernesto, estoy lejos la lluvia arrecia ahora sobre los cristales. Cada gota golpea sobre el vidrio y sin embargo, no siento nada más que las palabras de mí entrevistado. A los sucesivos cafés siguieron un par de coñac pero sin sucesión de continuidad volvimos a la cafeína mientras desandaba la historia. El relato de Ernesto golpeaba y golpeaba en mis oídos, mientras giraban los cabezales de mi grabador, sumando palabra tras palabra.
Andábamos promediando la década del ’80 cuando por fin la profesión de Ernesto lo llevó a trasponer el atlántico y cruzarse en una reunión en tierra europea con un joven del mismo apellido que, oh casualidad, era de la misma región de Italia. Charlando y sin querer se habían encontrado. El europeo le dijo que su madre se llamaba Gina y que solía añorar los atardeceres de olivares junto a un primo que la guerra le llevó y jamás volvió a ver. Ernesto le comentó que su padre había muerto con la sed de esos olivos en el atardecer. Juntos desandaron caminos y sin querer se encontraron al final con el mismo destino.
En su segundo viaje Ernesto fue a Italia y sin una escala, fue derecho a la casa de su primo, recién descubierto. Desde allí el hombre lo llevó unos kilómetros afuera de la ciudad. Adonde estaba la madre. Era una zona de colinas suaves, tierra áspera y gente solidaria. Entre los árboles del camino Ernesto pudo divisar una casita humilde donde el auto de su primo entró. En la puerta, sentada frente a la sombra de una planta, una mujer con la edad aproximada de su padre y con un leve aire a él, esperaba sin prisa el paso de los años. Cuando el se acercó ella escudriñó su rostro y sin saberlo ni esperarlo se encontró con Giuseppe. Aquel primo que la guerra le quitó. Ernesto la besó y, cosa loca, en su aroma reencontró el aroma de su padre. Sus làgrimas, escapadas sin querer, recorrieron con ternura cada arruga de Gina y a cada paso regalaban las caricias que a su padre le faltaran. Todo el día estuvieron recorriendo la vida. Durante todo el tiempo de ese tiempo estuvieron reconstruyendo 60 años de ausencia y dolor.
Sobre el atardecer y con su historia en el corazón, la de uno y otro lado del océano, Ernesto emprendió despacio el camino a la colina. Los olivos, resistentes, persistentes, seguían allí. Se sentó en una roca milenaria y espero. Nunca supo como, nunca supo porqué. En el preciso momento en que el sol comenzó a atravesar las verdes ramas del olivar, sus ojos no fueron los suyos. La mirada se le volvió humo y el alma se le mudó en nostalgia.
La tierra en sombras de rojo atardecer retrocedió más de 6 décadas y sus manos se volvieron adolescentes sobre la roca. Ernesto jamás pudo explicarlo. Sólo lo sabe, simplemente lo asegura y, sin temor a dudas, lo afirma cada vez que cuenta la historia. Su padre estuvo allí con él. Robándole a sus ojos el último atardecer. Ese que añoró hasta el dolor inexplicable. El que en ese momento, le dio a su alma, la paz que no tuvo en vida.
Ernesto bajó de la colina. Era tarde casi noche y al llegar al pie, una sensación extraña lo hizo volverse. Por un instante vio en la roca, la figura de dos jóvenes que, charlaban de su historia nueva y su futuro inseguro. Fue sólo un instante. La noche se llevó la magia, el sol murió tras la colina y él volvió al presente.
“Nunca volví a ser el mismo” dice Ernesto. “Pero de ahí en adelante es como que vivo más en paz con mis recuerdos y con menos tristeza por mi viejo”
Las sombras borrosas del amanecer recibieron el final del relato. Pagamos y salimos a la helada madrugada que moría. Un viento frío soplaba del oriente y sobre las ultimas nubes de la tormenta, los primeros rayos de sol alumbraban, casi sin querer, mi cara de sueño. Como un atardecer entre los olivos más allá del mar.
Ese día soñé con mis viejos. Los vi en el jardín jugando con sus nietos. Desperté con su aroma en mis narices.
Oscuridad. Oscuridad y silencio. Mis ojos se esforzaban por ver algo tras los muros de sombras que se levantaban a mi frente. Sólo el gemido ronco de la respiración de mi acompañante daba, justo ella, una señal de vida.
Una brisa suave comenzó a pegarme en el rostro y una sensación de velocidad se apoderó de mí. Poco a poco la luz fue ganando terreno y me encontré girando en el espacio. Mi cara a centímetros del rostro de la muerte. Sus manos a poco espacio de las mías. Su mirada profunda me devolvía un gesto entre piadoso y burlón.
Nada había a mis pies, nada en mis alrededores cercanos. Lejos. Muy lejos, el brillo de las estrellas marcaba el ritmo del universo.
_ Mira - me dijo con voz entristecida y su dedo largo y sinuoso señaló hacia un punto que poco a poco comenzó a crecer.
La Tierra – dijo – el hogar donde descansan tus mas caras expectativas.
El globo terráqueo comenzó a hacerse más y más grande hasta poder yo, diferenciar entre las zonas acuáticas y las terrestres. El azul marino comenzó a virar a unos tonos rojizos hasta tornarse bermellón. Muy similar a la sangre. Demasiado. Los marrones montañosos y los verdes de la fronda se fundieron en uno con los grises humo oscuro de las ciudades y todo se volvió un gran caos. Muy similar a los frentes de tormentas que los cielos despiden en las tierras del trópico
_ Mira – repitió – mira como poco a poco se funden en su propia miseria. Los hombres de buena voluntad cada vez quedan más ahogados por aquellos que poseen el poder.
Las riquezas se terminan. Los alimentos se agotan. La humanidad va camino a la extinción de la mano de las potencias y la soberbia de aquellos que se creen dueños del mundo.
Giró sobre mi cintura y me abrazó por detrás. Pude sentir la dura punta de sus pechos sobre mi espalda y su helado aliento sobre mi cuello. Sus palabras seguían sin descanso.
_ Todas las patrañas que inventas sobre el más allá y su conexión con el mundo real no existen. Yo soy el único, inevitable e inconquistable final.
Con fuerza comenzó a empujarme hacia los remolinos de rojo sangre y de gris opaco de la esfera terrestre. Nos sumergimos en un mar de muerte, decadencia y corrupción donde sólo la ley del más fuerte prevalecía.
Nos introducimos en un oscuro pasillo donde de repente, se encendieron imágenes que corrían a mi alrededor. Pude ver imperios nacer desde los más humildes orígenes y llegar a lo más alto de la cima del poder. En el camino la humildad se transformaba en prepotencia. La sabiduría adquirida desde el comienzo transmutaba en una asquerosa soberbia. Y al final el poderío se corrompía en la herrumbre del tiempo y un viento de siglos la barría de la faz de la tierra, dando origen a otro nuevo ciclo con otros partícipes.
Entre ciclo y ciclo, el castillo de la humanidad dejaba un trozo de construcción quemándose en los rescoldos de las pasiones temporales.
Una luz flamígera nos baño por completo y otra vez cambió el escenario.
Al calor de una hoguera, un conjunto de soldados cantaba canciones. La luz de las llamas pintaban fantasmas en sus rostros de sombra y humo. La muerte se acercó a ellos y uno por uno los besó en la mejilla. Sus vestidos cayeron y desnuda tomó el centro del círculo humano. Loca bailaba mientras loca reía. Loca y ebria repetía.
_ He aquí mis sicarios. Son los marcados. Los que matan sin saber si verán la nueva luz del día.
Su piel blanca destellaba en la oscuridad y las lenguas parecían caricias que se enredaban en el cuerpo de sus acólitos. En una de sus rondas de danza, la luz de su cuerpo baño más allá del grupo.
Una pila de cadáveres estaban apilados de forma impúdica a unos metros de donde sus verdugos descansaban de su matanza. Mujeres niños y jóvenes hermanados en el instante final.
La muerte se acercó. Feliz en su danza trágica, en cueros y sonriendo alegre.
_ Escucha – susurró a mi oído – escucha a ver si aprendes de una vez por todas quien manda aquí
Por: Jorge Albornoz Maggioni | General | Comentarios (1) | Referencias (0)
Jorge: no pude leer casi nada por falta de tiempo. es decir, un blog se caracteriza por escritos cortos, para que el lector lea y luego vuelva. igual, intentaré hacerme un lugarcito para leer tu historia. un saludo
german | 11-01-2006 21:18:01