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ELESCRITORYLAMUERTE

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Soy un periodista de Rosario, Argentina, trabajo en un canal de cable local y hace años empecé a escribir como buen método de descargar tensiones internas. Sin querer (o queriendo inconscientemente quién sabe?) en lo escrito se empezaron a formar historia

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Sábado, 14 de enero de 2006

Círculo cerrado (capitulo 12 y final)

Viernes 13. Medianoche. La hora en que los duendes y las brujas, salen del arcón de las fantasías para hacer sus travesuras, bajo la mirada atenta de los astros. El duende pícaro de la nostalgia se instaló en mi memoria, siguiendo el camino desde mi corazón, pasando por los sentimientos, y llegando a lo más profundo de mi alma dolorida. Quizás no sea yo, quien vuelque sobre este trozo de papel las sosegadas letras de mi pensamiento. Quizás sea ese duende caprichoso, el que da marcha a esa película pasada, repetida.
Mi vida se detiene ante mis ojos cerrados a la realidad del presente, dominados por la sensación agridulce de los recuerdos. Recuerdos plagados de tristezas y sonrisas, de seres que ya no están y de otros que se han alejado por dispares caminos. Recuerdos de sueños y promesas incumplidas, de pelotas de medias, de bolitas, de popa mancha y escondida. Memoria de una época que nunca estará lejana, porque está siempre viva en el cofre divino que atesora mi alma. Historias de pequeño, de niño adolescente, cuando pensaba que el mundo era algo a conquistar, y la luna, residencia del gnomo del amor.
¡Ah! Maravilloso tiempo de las metas doradas, cuando a la sombra de un árbol, después de un picado contra los chicos del otro barrio, planificábamos la vida que íbamos a vivir. No eran tan duros entonces esos fríos inviernos, ni tan húmedos esos agobiantes estíos. Éramos, recuerdo, los dueños del mundo. Detrás de una pelota o haciéndonos la rabona, íbamos poco a poco descubriendo el significado de la palabra amistad, la importancia de la palabra amor, y toda esa hermosa carga de responsabilidades que significa vivir.
¡Ah! Espléndido tiempo aquel. El de la fantasía a flor de piel y de la soledad lejana. Tiempo en el que nos atemorizaba llorar. –“Llorar es para las mujeres” – decíamos, y por dentro, nos desgarraban las lágrimas de la tormenta de un primer desengaño, o la catástrofe de alguna secreta humillación.
¡Qué hermoso tiempo! El de la caricia maternal y el beso de las buenas noches. El de los sabios consejos del abuelo y la seguridad protectora de papá. Fantástico tiempo, que guardaré hasta el fin de mi existencia, en el divino cofre que atesora mi alma.


El sol pegaba fuerte ese verano sobre la tierra de aquel potrero improvisado. La jauría de mocosos corría detrás de la pelota de fútbol, como quien corre detrás de su más preciado sueño. En el paredón, atrás del arco hecho con troncos en desuso, estaba el tercer equipo esperando para jugar. Un crisol de caritas tostadas por el sol, con remeras descoloridas de los más diversos clubes de fútbol, alentaban a uno u otro equipo según el humor de cada uno.
Detrás del arco contrapuesto, estaba el alambrado que daba a la calle, y recostados en él, los curiosos mirando un partido de barrio sin mayores emociones que un gol por equipo; pero eso para ellos era lo de menos. Lo más importante, era haberle robado esa hora a la siesta del sábado para vivir un poco más.
José y Luis, nacieron por esos lados, el mismo año, en la misma calle del mismo barrio. La familia de ambos se conocía desde tiempos infinitos; los padres de sus padres provenían del mismo pueblo. Un villorrio pequeño a 200 Km de la gran ciudad. Juntos habían llegado a ella, atraídos por el canto de sirena de la modernidad. Uno al lado del otro compraron, con gran parte de lo poco que tenían ahorrado, un terreno de 10 x 20 mts donde edificar sus sueños. En el mismo lugar se quedaron, en el mismo lugar sus idénticos sudores bendijeron los ladrillos que modelaron sus casas.
Allí nacieron, tiempo mas tarde, los padres de José y Luis. Barrio humilde que con el tiempo se transformó en nido de gente obrera. Calles de tierra regada con agua de zanja para evitar el polvo, zanjas con ranas que sobre mediados de la década del setenta, luchaban por no terminar sobre una sartén, siendo el aperitivo de los chicos. Una lámpara sobre la bocacalle y otra a mitad de cuadra, servían mas para que los pibes probaran su puntería con la gomera que para iluminar. Los días de lluvia; botas y a arremangarse. El barro era tanto que la mayoría de los vehículos no podían pasar y los que pasaban, convertían el lugar en un lago de barro en el que los menos duchos quedaban enterrados hasta las pantorrillas. El sol regaba cada mañana el lugar acompañando los gritos del botellero y de don Antonio, que vendía queroseno. A veces, la rutina se movía mucho más de la mano profética de las gitanas que visitaban el barrio y vaciaban los bolsillos de los vecinos.
La infancia de José y Luis no distaba mucho de la de los demás niños de clase media baja. Tampoco la de Alberto, que vivía a unas dos cuadras de ambos. Por las tardes, los tres, junto a un montón de mocosos iguales, se dedicaban a crecer y explorar el mundo de los alrededores, que se hacia más grande con el tiempo. Por la mañana, educación. Los tres en diferentes escuelas, todas públicas, trataban de encontrar en vano la razón de esa tortura de números, letras y guardapolvos blancos.
Así, entre varicelas, piojos y navidades se encontraron de golpe en esa época en que todo adolece. Las tardes de cacería de ranas se transformaron en noches de filosofía, debates y confesiones. – Me gusta Sandra – decía Alberto, con una sensación desconocida en la boca del estómago, y una cara que los otros pronto reconocerían en ellos al mirarse al espejo. Sus cuerpos cambiaban, sus hormonas se revolucionaban y empezaban a vivir la etapa que más recordarían en toda su vida. Una etapa que con el correr de los años terminaría por separarlos dándole a cada uno un destino distinto y alejado.
Muchas cosas quedarían en ellos de esos años. Fotos juntos, alguna que otra novia compartida y las sonrisas que se dibujarían en sus almas cada vez que un aroma, un color o un sabor, evocara algún recuerdo.
La vida le dio a José un destino de miseria y fatalidad. Los golpes de una sociedad dura, en un país sometido a los arbitrios cualquier idiota útil que tuviera el poder, lo sumieron en un barrio de pobres casas y pobre gente que poco a poco se delineó por fuera de la ley. Su rebeldía quedó en el pasado y sus ganas de ser se ahogaron en el alcohol que olvidaba las penas de lo que era.
Intentó construir una familia y lo único que logró fue llenar un rancho de chicos que, sin mayores ambiciones ni oportunidades, terminaron viviendo en la marginalidad.
Luis. El más pragmático y menos escrupuloso. Dedicó su tiempo y esfuerzo a la política. Nunca avanzó un paso por fuera de ese objetivo. Nunca se empleo en otra cosa que no fuera militar y militar en un partido, luego en otro y en otro hasta que encontró su lugar en ese raro mundo alejado del resto de los mortales.
A pesar de todo, algunas veces, asqueado por su vida, recordaba ese trío de muchachos en aquel barrio con calles de tierra al que nunca volvió. Quien sabe. Quizás alguna de esas veces, sus pensamientos coincidieran con el de José nublado de alcohol o con el de Alberto, un sentido trabajador de clase media que a fuerza de lucha, suerte y ayuda familiar, logró una estabilidad que le permitía participar de la sociedad en grupos de ayuda a niños carecientes.
Él y su mujer colaboraban en un comedor comunitario en una villa de la ciudad y daban clases a los chicos que no asistían a la escuela por problemas de pobreza.

Una noche, Alberto escuchó ruidos en la planta baja de su casa, había sido un día pesado y entre sueños pensó. “Otra vez Matías está en la heladera de madrugada”.
La luna bañaba el cuarto con una luz plateada y agregaba la irrealidad del frío azulino sobre la calidez del verano, a su lado en la cama su esposa dormía plácida. Él sentía la cercanía de ese cuerpo dentro mismo de su alma. El aire acondicionado estaba en silencio como todas las noches. María se levantaba cuando él dormía y lo desconectaba porque no soportaba el fresco sobre el calor. Las luces estaban apagadas, salvo la del baño que permanecía toda la noche encendida. Tomás, el más pequeño de sus hijos, espantaba así los espectros de la infancia. Esos que se aferran a las sábanas de los niños para divertirse.
En el pasillo, la oscuridad se extendía hasta la escalera y Alberto bajó resuelto a regañar a ese mocoso malcriado. Cuantas veces le había dicho que no lo quería ver de madrugada por la casa. ¡Pero no! Tenía que hacer siempre lo que quería. Él y su bendita rebeldía. Iba bajando de a uno los escalones, despacio, esperando tranquilizarse. Tampoco era cuestión de perder el control. Al llegar al comedor se dio cuenta que algo extraño pasaba, la puerta que daba al patio estaba abierta y había vidrios en el suelo. En la cocina algo pareció moverse.
Al asomarse por la puerta se encontró de frente con un pequeño ladrón. El hijo más chico de José, drogado y borracho se había metido para robar. No importa que, algo que poder dar a cambio de unos pesos para droga. Esa casa parecía ser de un tipo con plata, pero al entrar, el interior lo dejó perplejo. Sobre una mesa había una foto de tres jóvenes y uno de ellos era muy parecido a su padre o a él mismo. En su mente nublada sonaron las palabras de su viejo que contaba de un amigo que vivía en un lugar igual a ese. No podía ser, su papá hacía tiempo que habitaba en un lugar fuera del mundo real y seguro esa, había sido otra de sus historias inventadas.
Allí se encontraron, uno medio dormido y asombrado. El otro con un revolver en la mano, el rumbo medio perdido y el alma llena de miedo. Se miraron, sin conocerse y sin saberse tan cerca en historias, ambos sin tener idea que hacer. Uno por temor, el otro por respeto a sus ideas.
Cuantas veces Alberto les explicaba a sus hijos las fallas del sistema social. Cuantas veces les inculcaba el respeto por el semejante y les reprendía cuando se apresuraban a juzgar. Su propia voz resonaba en su cabeza.
“Antes de hablar hay que tener en cuenta los factores que lo llevaron hasta allí. La misma sociedad fabrica los delincuentes de los cuales luego se espanta.
Que le queda – decía- a alguien que hace tiempo perdió su trabajo en manos de un sistema altamente competitivo que no le permitió formarse para sobrevivir. Que terminó viviendo en una villa y por el solo hecho de su hábitat es discriminado por el resto. Que podía hacer, alguien acorralado por seres de su misma especie que le privaban de la educación, las necesidades básicas, la posibilidad de acceder a un trabajo digno y le colgaban la chapa de delincuente incluso antes de tener edad para serlo.
Alguien para el que las leyes eran solo palabras que la policía y los jueces manipulaban a su antojo. Que jamás alcanzaba a conocer las armas para una justa defensa. No le dejaban otra opción que la del delito”.
Se debía luchar – decía – para que la situación cambiara, para que los delincuentes no se formaran en la corrupción de un sistema perimido, sino que fueran redimidos desde instituciones que los ayudaran a reinsertarse en la sociedad, procurándole la posibilidad de un trabajo que le permitiera vivir con dignidad y darle educación a sus hijos. Un sistema que estuviera formado por mandatarios conscientes de su rol de empleados de la gente, honestos y poco apegados al poder. En resumen un lugar menos hipócrita.
El hijo de Tito lo miraba y balbuceaba palabras incoherentes, perdido en su mundo de pastillas y alcohol. Sin saber que pasaba, el hijo más chico de Alberto, bajó hasta la cocina con sus cinco añitos y su osito a cuestas. Miró sin entender a su papi con ese extraño, a las dos de la mañana en la cocina de su casa y pensó que los espectros de la oscuridad que lo acosaban cada noche, le estaban jugando una broma.
El hijo de José con sus trece años y sus miedos nublados se sintió alterado y apuntó el revolver hacia el lugar donde estaba el pequeño. Ciego de furia y nervios iba a disparar a ese bulto que llamaba su atención e interrumpía su camino hacia otra dosis de rohipnol. En un instante, sin pensar, Alberto se abalanzó sobre el adolescente interponiendo su cuerpo en el camino de la bala. Se trabaron en lucha rodando por el suelo, rompiendo todo a su paso y pugnando por la supervivencia. Tomás lloraba asustado, abrazado a su “torcuato” de peluche y las luces empezaron a encenderse.
María advertida por los ruidos comenzaba a bajar la escalera y detrás de ella Matías. Toda la familia se encontraba a pasos de reunirse en la cocina, a disposición de cualquier bala que aunque sea por error se disparara.
Durante un instante los dos cuerpos se distanciaron y Alberto quedó a centímetros de uno de los cuchillos que había en la mesada. Sin pensarlo dos veces, loco de desesperación, se tiró encima del asaltante con la única obsesión de sacar a sus hijos y su esposa de esa pesadilla. La caída fue certera y la hoja se hundió firme sobre la blanda piel del niño drogado quitándole la vida.
Tiempo después, diría el forense que la muerte se produjo cuando la punta del cuchillo perforó el corazón, ingresando por la cavidad ventricular y generando el deceso del masculino de trece años de edad, a quien se le encontró en la sangre restos de alcohol y químicos asociados al rohipnol.
María lloraba arrodillada junto a sus hijos, que compartían su llanto y el estupor de esa noche de violencia inusitada. Alberto se levantó despacio, en trance, la sangre le corría por el brazo derecho. La primera bala lo había alcanzado. Como en un sueño se acercó a su familia, los cubrió con sus brazos y ayudó a levantarse. Los llevó arriba y pidió a su mujer que los vistiera y se fueran a la casa de la abuela. Llamó a la policía, les dio la dirección y volvió a la cocina. La luna se escondió detrás de una nube y la oscuridad hizo juego con las sombras que cruzaban por el alma de Alberto.
¿Qué haría? ¿Cómo seguiría viviendo con sus ideas y criterios ahora que tenía una muerte en sus manos? ¿Por qué de repente la brutalidad había irrumpido de esa manera en su vida? Tantas preguntas sin respuestas. Siempre pensó que podría manejar una situación de esas, pero se le fue de las manos sin entender como.
Era la vida de sus hijos o la de aquella criatura enajenada. Miraba con los ojos nublados ese cuerpito inerte, ensangrentado a sus pies y se mezclaban las imágenes con la de Alberto, José, y Luis, los mocosos inocentes que cazaban ranas y descubrían el amor allá sobre finales del setenta. No podía entender la diferencia entre esos adolescentes y éste que le obligaba a ver la realidad con un cristal ensangrentado y roto. ¿Cuál era la falla que no podíamos solucionar para tener una sociedad cada vez mas violenta y menos comprometida?
Sus piernas fueron venciéndose y terminó arrodillado ante el cadáver de ese niño que podría haber sido su propio hijo. Nunca sabría lo cerca que estuvo de serlo. Apenas un golpe de suerte. Apenas una jugada del destino. El círculo de la vida empezaba a cerrarse sobre el trío de muchachos. Esos que guardaran en un rincón de su memoria como su más bello recuerdo, las madrugadas que pasaran juntos. Nunca mas se vieron y siempre en su interior desearon encontrarse. Cuantas veces uno a uno pensaron lo mismo. Perpetuar las noches de filosofía y magia que pintaron sus almas con colores imborrables. Jamás sabrían que la vida los estrechaba en un grotesco acto años después.
En los ojos de Alberto la lluvia se hizo torrencial e incontenible. Así lo encontró la policía cuando entró quince minutos después. Arrodillado y llorando al lado de esa criatura de trece años que había matado por defender a sus crías.
Por la mañana, todos los informativos daban cuenta de la noticia y empezaba a ocupar un espacio más importante en los medios. Por pudor habían omitido el nombre de los participantes.
La polémica se instalaba otra vez. Comenzaban a circular términos como pena de muerte, defensa y justicia por mano propia. El circo de la prensa tenía un nuevo espectáculo para ofrecer a los ávidos consumidores y la noticia cobró repercusión nacional.
Luis que luchaba para obtener una banca en la Cámara de Diputados se tomó del caso y exigió vehemente un mea culpa de toda la sociedad y prometió trabajar por obtener leyes más duras para los delincuentes. Nunca supo quienes eran los actores del drama
José, ya vacío de lágrimas, retiró de la morgue el cuerpo de su hijito. En el televisor repicaba la voz de otro “político de mierda” que se colgaba de su tragedia para lograr sus fines. En su casa, Alberto seguía con el alma en sombras.
El círculo se había completado de manera grotesca.





La bruma cubría por completo el lugar donde estaba. Caminaba sin saber adonde, más, algo me decía que el que seguía era el camino correcto. Me encontraba descalzo, sentía en la base de mis pies el contacto con la hierba. Parecía ser una, mullida alfombra de hojas marchitas y mojadas.
La niebla comenzó a ceder y pude al fin, ver mas. Un corredor flanqueado de árboles bellos, perfectos y añosos se abría delante de mí. A mi izquierda se divisaba un paisaje lejano. Me ubicaba en una especie de monte en la cima de una elevación que dominaba el resto de la geografía. Debajo se podía divisar la campiña, soleada y jalonada de parches verdes que cambiaban de tonalidad, conforme variaba la clase de sembrado.
Un calor tímido se me ajustaba como un guante suave y sensual. El aroma de hierbas mezcladas era liberador para mis asmáticos pulmones. Como una orgía de oxígeno. Seguía avanzando por el lugar, arrullado por el canto de las aves y el crujir de las hojas que sucumbían a mis pies. Jamás me había sentido tan bien; tan seguro.
La figura apareció ante mí sin que viniera de ningún lado en especial y aún antes de verla, percibí su aroma en el aire. Aún antes de fijar mi vista en ella, la había reconocido.
Mis ojos volvieron a encontrarse con los de mi madre después de un tiempo inmensamente pesado.
La yema de mis dedos recorrieron una a una las arrugas de su cara. Bebiéndolas. Alimentando mi alma con ellas. Como en un largo trago de amor y cariño. Sus ojos verde grisáceos me miraban con la calidez y el orgullo de siempre desde detrás de sus gruesos anteojos y otra vez, desde que comenzara este viaje fascinante, sentí que las cosas dentro de mí cambiaban de forma mágica. Apoye con suavidad mi cabeza en su eterno saquito de lana verde, cerré mis sentidos a cualquier otra cosa y me fundí en ese contacto que extrañaba al punto de causarme un dolor físico a veces irresistible. Por primera vez en mucho tiempo lloré las lágrimas que venía guardando desde décadas.
Lloré y la neblina en mi interior empezó a ceder. Cada salada gema de mis ojos se llevaba consigo un jirón de nube. Sentía el pecho caliente, la piel me quemaba, los ojos y la boca estaban hinchados y mi nariz toda congestionada. Gemía con amargo dolor todas las frustraciones de mi vida y en cada estertor, el monte se hacía mas y mas claro. Mi desahogo se llevaba las impurezas que pudiera haber en el lugar.
_ Mami, te extrañé tanto. Te necesité tanto
Con su calidez eterna acarició mi cabello y en ese gesto me sentí redimido de casi todo.
Las noches que lloré a la luna por no haber podido mostrarle sus nietos. La melancolía de mi alma cuando ante mis triunfos ya no estaba para verlos. La soledad de no poder compartir con ella y con mi padre los orgullos que logró el hombre que fue el niño que lloró en su regazo.
No haber podido darle tanto de lo que me quedó dentro. Las veces que me miré al espejo analizando al hombre que fue el niño que sacó de la muerte una y mil veces, cuando el oxígeno se empeñaba en no entrar al cuerpo flaco y sufrido.
_ Madre. Te fuiste tan rápido que no me diste tiempo de amarte más.
Su voz entró en mis oídos como si hubiera estado allí siempre y su melodía tensó las cuerdas más hermosas en mi interior.
_ Como has crecido. Los golpes y las caricias te han hecho un hombre de bien y es lo que cuenta. La vida es solo parte de una existencia mayor y somos una pequeña parte de algo sin dimensiones físicas, como ves, en un punto siempre volvemos a encontrarnos. Es justo el dolor por todo lo que no pudiste compartir conmigo. Pero también es cierto que te dimos con tu padre lo mejor de nosotros y eso jamás se fue de la vida. Yo sigo viva. Sigo en tu mirada, en los gestos buenos y malos que practicas día a día. Sigo viva cuando en tu cabecita repasas lo bueno que hice y me bendices. Sigo viva cuando revisas las equivocaciones que cometí y las tratas con benevolencia. Sigo contigo y me perpetúo en la sonrisa de mis nietos y lo haré en la de sus hijos porque al prolongarme en ti de la manera que lo hago, significa que las cosas fueron bien hechas y eso es lo que cuenta.
_ Si haces las cosas bien. Si pones lo más honesto de tu parte y si logras transmitirlo, si pasas por este mundo dejando una huella de bondad y servicio, lograrás que mi vida y la de tu padre no hayan pasado en vano y te asegurarás un gran porcentaje de eternidad, lo que cuenta es lo que dejas y en quienes lo dejas, el resto no depende nunca de nosotros.
Un gran hueco de silencio pasó como una ráfaga y se llevó con él la imagen de mi madre. Me quedé solo en el monte de mi alma y luego de un rato de cavilar comencé a caminar hacia lo que parecía una salida. A cada paso era como si cambiara de estancia, de lugar. En el primer paso me encontré en el patio de mi abuelo la vez que nos emborrachamos juntos siendo yo un adolescente. Al siguiente mis amigos jugaban conmigo a juegos que ya no existen y al siguiente mis hermanas se encontraban con sus novios a la vuelta de la esquina. Cada uno de mis recuerdos se reproducía tenue a mí alrededor. Mi padre con el bigote afeitado y mi madre llorando, los ravioles de los domingos y los dolores de estómago a la hora de declararle mi amor a alguna chica. Las noches de charlas con “Cacho”, “Golo”, “Fabi”, “Tato” y “el Loco”. La paliza de mi madre cuando me escapé de la escuela y el sermón de mi papá cuando me agarré una venérea. El caballo de mi primo y las vacaciones en el campo con mis tíos en medio del carnaval.
La vida y sus caminos.
Salí de allí y me encontré en una playa frente a la muerte. Me miraba extrañada, no entendía porque de repente las cosas habían cambiado y se escapaban de su control absoluto. El sol se ponía en el horizonte y casi sin mirarla giré y me senté sobre una piedra que se convirtió en un arcón, donde guardaba mis recuerdos que asomaban para espiar este encuentro final.
_ Dame otro relato - me dijo - y que sea bueno porque es el último.
_ No - dije - el último ya te lo he dado; hice todo lo que podía hacer para complacerte. Hasta aquí llegamos. Has lo que quieras
Elevó sus manos al cielo y este se transformó en un techo de tormenta desde donde se descolgó una amarga granizada que hacia horribles hoyos en la arena. Su capa cabalgó al soplo furioso del viento y rugió.
_ ¡No me desafíes mortal! Tu vida me pertenece y cuando quiera la llevaré
Me levante de mi asiento y la furia de la tormenta cesó. La playa se tiño de verde hasta convertirse en pasto, un viento de occidente despejó el temporal y un arroyo cristalino corrió a mi costado. Me acerqué tanto como pude a esa figura descompuesta por el odio y le susurré
_ Mi vida te pertenece desde el principio de los tiempos, pero te la llevaras cuando debas y no cuando quieras. Esa es tu mayor condena, eres tan esclava del tiempo como mi carne débil. Sólo me llevaras cuando mi tiempo se acabe y sólo llevaras mi cuerpo. Todo. Todo lo demás quedará. ¿Sabes por qué? Porque he hecho las cosas bien; he vivido de tal forma que vivo quedaré en los otros y eso no lo puedes vencer por ti sola. Necesitas un mandato mayor.
¡Pobre muerte! Señora de amores y odios, fin de todos los tiempos terrenos, amante de los mayores asesinos de la historia y prostituta de horrores. Jamás podrás soltarte de tus cadenas y del temor de fenecer con la especie. Si mi tiempo ha terminado por más que no quieras debes llevarme. Si no es así no podrás tocarme. Caminé entre los bancos de la iglesia donde tomé mi primera comunión y pasé entre los bancos de mi escuela primera. Un pequeño escribía un poema de rimas inocentes impactado por la rubita de al lado.
_ Pobre tonto - dijo en otra embestida - si te llevó jamás podrás mostrar tus historias al mundo.
Me di vuelta y la miré a los ojos sin temor alguno, el verano despuntaba y estaba otra vez en el barrio, las calles de tierra, las que ya no están, se abrían como brazos fraternos.
_ Si me llevas es porque debes llevarme y si no los escribo es porque no debo escribirlos, todo lo que debía hacer ya está echo. Mis hijos tienen una buena madre y un padre que en vida les dio todo lo bueno que tenía. Estoy orgulloso de ellos y les enseñé a vivir sin miedos. No podría ahora temerte porque traicionaría mis ideales y mi naturaleza.
Seguí caminando por mi barrio. La imagen de la dama se había quedado clavada en su sitio. Me gritaba algo que yo no entendía. Su capa había caído, dejaba a la vista un espléndido cuerpo de impresionante belleza. La blancura de su piel emitía una luz atrayente que el sol multiplicaba en miles de cristales. Yo seguía a paso firme a pesar de sus cantos de sirena. Su imagen se hacía más borrosa a cada metro que me alejaba y su cuerpo se corrompía y transformaba. Ahora ya no era una mujer hermosa sino un cuerpo malsano y lleno de podredumbre. Los gusanos salían de su carne deteriorada y la pestilencia se aspiraba de lejos. Los arrullos de su voz intentando convencerme se habían transformado en histéricos chillidos y la enferma blancura amarillenta de sus huesos presagiaba su pronta desintegración. Seguí caminando; frente a la esquina de mi casa un grupo de chicos perseguía miles de mariposas con ramas de paraíso y más allá otra pandilla cazaba ranas en la zanja, con un palo y un hilo que tenía en una punta un pedazo de carne. Entré en mi casa, el techo de chapa de la cocina me recibió con su calidez de horno. Había una gran fiesta, mis padres estaban sentados a un lado esperándome y mis hermanas, con sus hijos en brazos charlaban con mis abuelos, mientras mis primos jugaban en el patio. Mis tíos (todos ellos) reían alegres por algún cuento contado entre amigos.
Caminé hacia mis padres y mi gato Antonio, me pasó entre las piernas acariciándome con su larga cola negra. Me arrodillé ante ellos, recliné mi cabeza en el regazo de mi madre. La mano de mi padre revolvió con cariño mi pelo y depositó en mi mano el anillo que me regalara para mis 18° cumpleaños. Ese anillo que perdiera hace tanto tiempo. Cerré mis ojos y me dejé envolver por el aroma de sus cuerpos. Todo se hizo oscuridad, suave y cálida

Abrí los ojos y mi mirada nublada se cruzó con la de mis hijos. Mi mujer estaba sentada a mi lado, dormida. En su mano colgaba un crucifijo. La mano pequeña de mi hijo se cerraba sobre la mía que descansaba sobre la cama de lo que parecía un hospital. Un aparato a mi derecha emitía suaves pitidos al compás de una luz verde
¡Mami, mami! - escuché - ¡Papito despertó!
Mi mujer se acercó mas a la cama. Sus ojos estaban rojos. Su pelo revuelto y la cara lavada de llanto. Sus labios besaron mi frente con el beso más hermoso y sus manos acariciaron mi cara con las caricias más bellas. Luego de días de agonía y contra todo pronóstico, había reaccionado. Supe después que los médicos me habían casi desahuciado.
Nunca mis hijos fueron mas dulces. Nunca la vida me pareció tan buena y nunca antes me pareció ver las cosas de una manera tan serena.
Nadie se explica como salí de eso, así que lo califican de la única manera posible. Milagro. Nadie sabe tampoco como apareció en mi mano, el anillo de mis 18. Ese que nadie sabía donde estaba.
Parece que después de todo, contaré mis historias al mundo.
Fin

Por: Jorge Albornoz Maggioni | General | Comentarios (2) | Referencias (0)

Comentarios

me encantó el estilo, porque sí tenés estilo pero no te das cuenta.tus palabras tienen dejos de nostalgia agridulce y agresiva realidad . tomás ideas , nombres, historias y mezclás . quiero que dejes de pensar en como lo harían los otros y lo hagas vos. desde tu corazón.desde el fondo. enojate. enfurecete. dejá de sentir lástima por vos o por lo que pude ser. llenate de orgullo cuando te describas. no es de fanfarrón. sólo cuando vos estés convencido de que lo que escribís es muy bueno y vale la pena(tus penas)lo vas a publicar . no te sientes a esperar el elogio de los demás. a tus lectores solo nos necesitás para fascinarnos con los relatos, pensar en nuestras caras de asombro , entrar en nuestras mentes y transbordarnos a los lugares que vos quieras .seguí .escribí . para vos . para todos los que esperamos el próximo capítulo, que ahora veo que será próximo libro después del sábado. no te felicito. te voy a recomendar. ese va a ser mi regalo de amiga.ojo con las faltas de ortografías. y los acentos . no me gustó distraerme del relato por notarlos. tu muerte es una mujer... por qué? lo voy a pensar y mañana te escribo...

unamiga | 18-01-2006 03:33:12

veo que o no te gustó lo que te dije o no te interesó leer las críticas de tu último capítulo. porque o no leíste o no me vas a contestar. no importa . ahora estoy releyendo las historias desde el capítulo primero, y si ... me gusta , me gusta que juegue con vos la muerte como vos jugás con nosotros los que te leemos, me gusta sentirme atrapada con o sin salida-dejar de leer-desconectarme- lo siento como una adicción, como una atracción . no dejes de escribir. retomá historias, tomá apuntes nuevos de cosas de ahora o cosas que están por pasar. imaginate el futuro . no sé hacé algo pero seguí escribiendo... te vamos a estar esperando...

unamiga | 18-01-2006 19:50:15

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