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<title>ELESCRITORYLAMUERTE</title>
<link>http://elescritorylamuerte.bitacoras.com</link>
<description>ELESCRITORYLAMUERTE</description>
<language>es-es</language>

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<title>IMAGENES</title>
<link>http://elescritorylamuerte.bitacoras.com/archivos/2006/01/28/imagenes</link>
<description><![CDATA[ <img src="http://elescritorylamuerte.bitacoras.com/rosariorio.jpg" <br />
Una ciudad junto a uno de los ríos mas largos del mundo que sin tener una fecha de creación certera generó una identidad particular, única e independiente<br />
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<img src="http://elescritorylamuerte.bitacoras.com/monumento.jpg" title="b"/>title="a"/><br />
Desde sus bases mira al cielo en donde el general Manuel Belgrano imaginó y creo la Bandera que hoy es insignia nacional <br />
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<img src="http://elescritorylamuerte.bitacoras.com/puente.jpg" title="C"/><br />
El puente que une a Rosario con Victoria una obra de ingeniería de 57 kilómetros de largo que conecta con una ciudad rodeada de islas y riachos. La construcción importante mas reciente en cuanto a obras públicas en Rosario]]></description>\n</item>

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<title><b>PALABRAS</b></title>
<link>http://elescritorylamuerte.bitacoras.com/archivos/2006/01/21/palabras</link>
<description><![CDATA[ Agradezco a todos aquellos que me acompañaron en estos días. A los que no les gustó y dejaron sus críticas y a los que les gustó y también las dejaron. Quiero contarles, aunque muchos ya lo saben que plasmar mis historias en un libro de papel es uno de mis sueños sin concretar. Lo perseguiré hasta la muerte, capacitándome, tratando de mejorar en cada frase en cada cuento en cada historia porque creo que los desafíos nos sirven para seguir vivos. Por ahí una amiga preguntaba por qué la muerte que me persigue es una mujer? Por qué no, amiga mía? acaso todos y cada uno de los mortales que tenemos ese gusto por lo femenino no morimos (no una sino mil veces) por una mujer? por dos, por tres?. Quizás la muerte no sea esa mujer. Quizás la muerte sea ese amor del que uno escapa alguna vez a sabiendas que siempre lo tendrá detrás de sí.<br />
Gracias a todos nuevamente. A los que dejaron su huella en este blog y a los que pasaron sin que yo supiera.<br />
Voy por mi próxima historia y luego otra y otra y otra<br />
Hasta el fin de mis días. Quizás algúna vez el escritor despierte y encuentre su libro.<br />
Besos en el alma para que entibien sus fríos]]></description>\n</item>

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<title><b>Círculo cerrado (capitulo 12 y final)</b></title>
<link>http://elescritorylamuerte.bitacoras.com/archivos/2006/01/14/circulo-cerrado-capitulo-12-y-final</link>
<description><![CDATA[ Viernes 13. Medianoche. La hora en que los duendes y las brujas, salen del arcón de las fantasías para hacer sus travesuras, bajo la mirada atenta de los astros. El duende pícaro de la nostalgia se instaló en mi memoria, siguiendo el camino desde mi corazón, pasando por los sentimientos, y llegando a lo más profundo de mi alma dolorida. Quizás no sea yo, quien vuelque sobre este trozo de papel las sosegadas letras de mi pensamiento. Quizás sea ese duende caprichoso, el que da marcha a esa película pasada, repetida. <br />
Mi vida se detiene ante mis ojos cerrados a la realidad del presente, dominados por la sensación agridulce de los recuerdos. Recuerdos plagados de tristezas y sonrisas, de seres que ya no están y de otros que se han alejado por dispares caminos. Recuerdos de sueños y promesas incumplidas, de pelotas de medias, de bolitas, de popa mancha y escondida. Memoria de una época que nunca estará lejana, porque está siempre viva en el cofre divino que atesora mi alma. Historias de pequeño, de niño adolescente, cuando pensaba que el mundo era algo a conquistar, y la luna, residencia del gnomo del amor.<br />
¡Ah! Maravilloso tiempo de las metas doradas, cuando a la sombra de un árbol, después de un picado contra los chicos del otro barrio, planificábamos la vida que íbamos a vivir. No eran tan duros entonces esos fríos inviernos, ni tan húmedos esos agobiantes estíos. Éramos, recuerdo, los dueños del mundo. Detrás de una pelota o haciéndonos la rabona, íbamos poco a poco descubriendo el significado de la palabra amistad, la importancia de la palabra amor, y toda esa hermosa carga de responsabilidades que significa vivir.<br />
¡Ah! Espléndido tiempo aquel. El de la fantasía a flor de piel y de la soledad lejana. Tiempo en el que nos atemorizaba llorar. –“Llorar es para las mujeres” – decíamos, y por dentro, nos desgarraban las lágrimas de la tormenta de un primer desengaño, o la catástrofe de alguna secreta humillación. <br />
¡Qué hermoso tiempo! El de la caricia maternal y el beso de las buenas noches. El de los sabios consejos del abuelo y la seguridad protectora de papá. Fantástico tiempo, que guardaré hasta el fin de mi existencia, en el divino cofre que atesora mi alma.<br />
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El sol pegaba fuerte ese verano sobre la tierra de aquel potrero improvisado. La jauría de mocosos corría detrás de la pelota de fútbol, como quien corre detrás de su más preciado sueño. En el paredón, atrás del arco hecho con troncos en desuso, estaba el tercer equipo esperando para jugar. Un crisol de caritas tostadas por el sol, con remeras descoloridas de los más diversos clubes de fútbol, alentaban a uno u otro equipo según el humor de cada uno.<br />
Detrás del arco contrapuesto, estaba el alambrado que daba a la calle, y recostados en él, los curiosos mirando un partido de barrio sin mayores emociones que un gol por equipo; pero eso para ellos era lo de menos. Lo más importante, era haberle robado esa hora a la siesta del sábado para vivir un poco más. <br />
José y Luis, nacieron por esos lados, el mismo año, en la misma calle del mismo barrio. La familia de ambos se conocía desde tiempos infinitos; los padres de sus padres provenían del mismo pueblo. Un villorrio pequeño a 200 Km de la gran ciudad. Juntos habían llegado a ella, atraídos por el canto de sirena de la modernidad. Uno al lado del otro compraron, con gran parte de lo poco que tenían ahorrado, un terreno de 10 x 20 mts donde edificar sus sueños. En el mismo lugar se quedaron, en el mismo lugar sus idénticos sudores bendijeron los ladrillos que modelaron sus casas.<br />
Allí nacieron, tiempo mas tarde, los padres de José y Luis. Barrio humilde que con el tiempo se transformó en nido de gente obrera. Calles de tierra regada con agua de zanja para evitar el polvo, zanjas con ranas que sobre mediados de la década del setenta, luchaban por no terminar sobre una sartén, siendo el aperitivo de los chicos. Una lámpara sobre la bocacalle y otra a mitad de cuadra, servían mas para que los pibes probaran su puntería con la gomera que para iluminar. Los días de lluvia; botas y a arremangarse. El barro era tanto que la mayoría de los vehículos no podían pasar y los que pasaban, convertían el lugar en un lago de barro en el que los menos duchos quedaban enterrados hasta las pantorrillas. El sol regaba cada mañana el lugar acompañando los gritos del botellero y de don Antonio, que vendía queroseno. A veces, la rutina se movía mucho más de la mano profética de las gitanas que visitaban el barrio y vaciaban los bolsillos de los vecinos.<br />
La infancia de José y Luis no distaba mucho de la de los demás niños de clase media baja. Tampoco la de Alberto, que vivía a unas dos cuadras de ambos. Por las tardes, los tres, junto a un montón de mocosos iguales, se dedicaban a crecer y explorar el mundo de los alrededores, que se hacia más grande con el tiempo. Por la mañana, educación. Los tres en diferentes escuelas, todas públicas,  trataban de encontrar en vano la razón de esa tortura de números, letras y guardapolvos blancos.<br />
Así, entre varicelas, piojos y navidades se encontraron de golpe en esa época en que todo adolece. Las tardes de cacería de ranas se transformaron en noches de filosofía, debates y confesiones. – Me gusta Sandra – decía Alberto, con una sensación desconocida en la boca del estómago, y una cara que los otros pronto reconocerían en ellos al mirarse al espejo. Sus cuerpos cambiaban, sus hormonas se revolucionaban y empezaban a vivir la etapa que más recordarían en toda su vida. Una etapa que con el correr de los años terminaría por separarlos dándole a cada uno un destino distinto y alejado.<br />
Muchas cosas quedarían en ellos de esos años. Fotos juntos, alguna que otra novia compartida y las sonrisas que se dibujarían en sus almas cada vez que un aroma, un color o un sabor, evocara algún recuerdo.<br />
La vida le dio a José un destino de miseria y fatalidad. Los golpes de una sociedad dura, en un país sometido a los arbitrios cualquier idiota útil que tuviera el poder, lo sumieron en un barrio de pobres casas y pobre gente que poco a poco se delineó por fuera de la ley. Su rebeldía quedó en el pasado y sus ganas de ser se ahogaron en el alcohol que olvidaba las penas de lo que era. <br />
Intentó construir una familia y lo único que logró fue llenar un rancho de chicos que, sin mayores ambiciones ni oportunidades, terminaron viviendo en la marginalidad.<br />
Luis. El más pragmático y menos escrupuloso. Dedicó su tiempo y esfuerzo a la política. Nunca avanzó un paso por fuera de ese objetivo. Nunca se empleo en otra cosa que no fuera militar y militar en un partido, luego en otro y en otro hasta que encontró su lugar en ese raro mundo alejado del resto de los mortales.<br />
A pesar de todo, algunas veces, asqueado por su vida, recordaba ese trío de muchachos en aquel barrio con calles de tierra al que nunca volvió.  Quien sabe. Quizás alguna de esas veces, sus pensamientos coincidieran con el de José nublado de alcohol o con el de Alberto, un sentido trabajador de clase media que a fuerza de lucha, suerte y ayuda familiar, logró una estabilidad que le permitía participar de la sociedad en grupos de ayuda a niños carecientes. <br />
Él y su mujer colaboraban en un comedor comunitario en una villa de la ciudad y daban clases a los chicos que no asistían a la escuela por problemas de pobreza.<br />
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Una noche, Alberto escuchó ruidos en la planta baja de su casa, había sido un día pesado y entre sueños pensó. “Otra vez Matías está en la heladera de madrugada”.<br />
La luna bañaba el cuarto con una luz plateada y agregaba la irrealidad del frío azulino sobre la calidez del verano, a su lado en la cama su esposa dormía plácida. Él sentía la cercanía de ese cuerpo dentro mismo de su alma. El aire acondicionado estaba en silencio como todas las noches. María se levantaba cuando él dormía y lo desconectaba porque no soportaba el fresco sobre el calor. Las luces estaban apagadas, salvo la del baño que permanecía toda la noche encendida. Tomás, el más pequeño de sus hijos, espantaba así los espectros de la infancia. Esos que se aferran a las sábanas de los niños para divertirse. <br />
En el pasillo, la oscuridad se extendía hasta la escalera y Alberto bajó resuelto a regañar a ese mocoso malcriado. Cuantas veces le había dicho que no lo quería ver de madrugada por la casa. ¡Pero no! Tenía que hacer siempre lo que quería. Él y su bendita rebeldía. Iba bajando de a uno los escalones, despacio, esperando tranquilizarse. Tampoco era cuestión de perder el control. Al llegar al comedor se dio cuenta que algo extraño pasaba, la puerta que daba al patio estaba abierta y había vidrios en el suelo. En la cocina algo pareció moverse.<br />
Al asomarse por la puerta se encontró de frente con un pequeño ladrón. El hijo más chico de José, drogado y borracho se había metido para robar. No importa que, algo que poder dar a cambio de unos pesos para droga. Esa casa parecía ser de un tipo con plata, pero al entrar, el interior lo dejó perplejo. Sobre una mesa había una foto de tres jóvenes y uno de ellos era muy parecido a su padre o a él mismo. En su mente nublada sonaron las palabras de su viejo que contaba de un amigo que vivía en un lugar igual a ese. No podía ser, su papá hacía tiempo que habitaba en un lugar fuera del mundo real y seguro esa, había sido otra de sus historias inventadas. <br />
Allí se encontraron, uno medio dormido y asombrado. El otro con un revolver en la mano, el rumbo medio perdido y el alma llena de miedo. Se miraron, sin conocerse y sin saberse tan cerca en historias, ambos sin tener idea que hacer. Uno por temor, el otro por respeto a sus ideas.<br />
Cuantas veces Alberto les explicaba a sus hijos las fallas del sistema social. Cuantas veces les inculcaba el respeto por el semejante y les reprendía cuando se apresuraban a juzgar. Su propia voz resonaba en su cabeza.<br />
“Antes de hablar hay que tener en cuenta los factores que lo llevaron hasta allí. La misma sociedad fabrica los delincuentes de los cuales luego se espanta.<br />
Que le queda – decía- a alguien que hace tiempo perdió su trabajo en manos de un sistema altamente competitivo que no le permitió formarse para sobrevivir. Que terminó viviendo en una villa y por el solo hecho de su hábitat es discriminado por el resto. Que podía hacer, alguien acorralado por seres de su misma especie que le privaban de la educación, las necesidades básicas, la posibilidad de acceder a un trabajo digno y le colgaban la chapa de delincuente incluso antes de tener edad para serlo.<br />
Alguien para el que las leyes eran solo palabras que la policía y los jueces manipulaban a su antojo. Que jamás alcanzaba a conocer las armas para una justa defensa. No le dejaban otra opción que la del delito”.<br />
Se debía luchar – decía – para que la situación cambiara, para que los delincuentes no se formaran en la corrupción de un sistema perimido, sino que fueran redimidos desde instituciones que los ayudaran a reinsertarse en la sociedad, procurándole la posibilidad de un trabajo que le permitiera vivir con dignidad y darle educación a sus hijos. Un sistema que estuviera formado por mandatarios conscientes de su rol de empleados de la gente, honestos y poco apegados al poder. En resumen un lugar menos hipócrita. <br />
El hijo de Tito lo miraba y balbuceaba palabras incoherentes, perdido en su mundo de pastillas y alcohol. Sin saber que pasaba, el hijo más chico de Alberto, bajó hasta la cocina con sus cinco añitos y su osito a cuestas. Miró sin entender a su papi con ese extraño, a las dos de la mañana en la cocina de su casa y pensó que los espectros de la oscuridad que lo acosaban cada noche, le estaban jugando una broma.<br />
El hijo de José con sus trece años y sus miedos nublados se sintió alterado y apuntó el revolver hacia el lugar donde estaba el pequeño. Ciego de furia y nervios iba a disparar a ese bulto que llamaba su atención e interrumpía su camino hacia otra dosis de rohipnol. En un instante, sin pensar, Alberto se abalanzó sobre el adolescente interponiendo su cuerpo en el camino de la bala. Se trabaron en lucha rodando por el suelo, rompiendo todo a su paso y pugnando por la supervivencia. Tomás lloraba asustado, abrazado a su “torcuato” de peluche y las luces empezaron a encenderse. <br />
María advertida por los ruidos comenzaba a bajar la escalera y detrás de ella Matías. Toda la familia se encontraba a pasos de reunirse en la cocina, a disposición de cualquier bala que aunque sea por error se disparara.<br />
Durante un instante los dos cuerpos se distanciaron y Alberto quedó a centímetros de uno de los cuchillos que había en la mesada. Sin pensarlo dos veces, loco de desesperación, se tiró encima del asaltante con la única obsesión de sacar a sus hijos y su esposa de esa pesadilla. La caída fue certera y la hoja se hundió firme sobre la blanda piel del niño drogado quitándole la vida.<br />
Tiempo después, diría el forense que la muerte se produjo cuando la punta del cuchillo perforó el corazón, ingresando por la cavidad ventricular y generando el deceso del masculino de trece años de edad, a quien se le encontró en la sangre restos de alcohol y químicos asociados al rohipnol.<br />
María lloraba arrodillada junto a sus hijos, que compartían su llanto y el estupor de esa noche de violencia inusitada. Alberto se levantó despacio, en trance, la sangre le corría por el brazo derecho. La primera bala lo había alcanzado. Como en un sueño se acercó a su familia, los cubrió con sus brazos y ayudó a levantarse. Los llevó arriba y pidió a su mujer que los vistiera y se fueran a la casa de la abuela. Llamó a la policía, les dio la dirección y volvió a la cocina. La luna se escondió detrás de una nube y la oscuridad hizo juego con las sombras que cruzaban por el alma de Alberto.<br />
¿Qué haría? ¿Cómo seguiría viviendo con sus ideas y criterios ahora que tenía una muerte en sus manos? ¿Por qué de repente la brutalidad había irrumpido de esa manera en su vida? Tantas preguntas sin respuestas. Siempre pensó que podría manejar una situación de esas, pero se le fue de las manos sin entender como. <br />
Era la vida de sus hijos o la de aquella criatura enajenada. Miraba con los ojos nublados ese cuerpito inerte, ensangrentado a sus pies y se mezclaban las imágenes con la de Alberto, José, y Luis, los mocosos inocentes que cazaban ranas y descubrían el amor allá sobre finales del setenta. No podía entender la diferencia entre esos adolescentes y éste que le obligaba a ver la realidad con un cristal ensangrentado y roto. ¿Cuál era la falla que no podíamos solucionar para tener una sociedad cada vez mas violenta y menos comprometida?<br />
Sus piernas fueron venciéndose y terminó arrodillado ante el cadáver de ese niño que podría haber sido su propio hijo. Nunca sabría lo cerca que estuvo de serlo. Apenas un golpe de suerte. Apenas una jugada del destino. El círculo de la vida empezaba a cerrarse sobre el trío de muchachos. Esos que guardaran en un rincón de su memoria como su más bello recuerdo, las madrugadas que pasaran juntos. Nunca mas se vieron y siempre en su interior desearon encontrarse. Cuantas veces uno a uno pensaron lo mismo. Perpetuar las noches de filosofía y magia que pintaron sus almas con colores imborrables. Jamás sabrían que la vida los estrechaba en un grotesco acto años después. <br />
En los ojos de Alberto la lluvia se hizo torrencial e incontenible. Así lo encontró la policía cuando entró quince minutos después. Arrodillado y llorando al lado de esa criatura de trece años que había matado por defender a sus crías.<br />
Por la mañana, todos los informativos daban cuenta de la noticia y empezaba a ocupar un espacio más importante en los medios. Por pudor habían omitido el nombre de los participantes.<br />
La polémica se instalaba otra vez. Comenzaban a circular términos como pena de muerte, defensa y justicia por mano propia. El circo de la prensa tenía un nuevo espectáculo para ofrecer a los ávidos consumidores y la noticia cobró repercusión nacional. <br />
Luis que luchaba para obtener una banca en la Cámara de Diputados se tomó del caso y exigió vehemente un mea culpa de toda la sociedad y prometió trabajar por obtener leyes más duras para los delincuentes. Nunca supo quienes eran los actores del drama<br />
José, ya vacío de lágrimas, retiró de la morgue el cuerpo de su hijito. En el televisor repicaba la voz de otro “político de mierda” que se colgaba de su tragedia para lograr sus fines. En su casa, Alberto seguía con el alma en sombras.<br />
El círculo se había completado de manera grotesca.<br />
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La bruma cubría por completo el lugar donde estaba. Caminaba sin saber adonde, más, algo me decía que el que seguía era el camino correcto. Me encontraba descalzo, sentía en la base de mis pies el contacto con la hierba. Parecía ser una, mullida alfombra de hojas marchitas y mojadas.<br />
La niebla comenzó a ceder y pude al fin, ver mas. Un corredor flanqueado de árboles bellos, perfectos y añosos se abría delante de mí. A mi izquierda se divisaba un paisaje lejano. Me ubicaba en una especie de monte en la cima de una elevación que dominaba el resto de la geografía. Debajo se podía divisar la campiña, soleada y  jalonada de parches verdes que cambiaban de tonalidad, conforme variaba la clase de sembrado.<br />
Un calor tímido se me ajustaba como un guante suave y sensual. El aroma de hierbas mezcladas era liberador para mis asmáticos pulmones. Como una orgía de oxígeno. Seguía avanzando por el lugar, arrullado por el canto de las aves y el crujir de las hojas que sucumbían a mis pies. Jamás me había sentido tan bien; tan seguro. <br />
La figura apareció ante mí sin que viniera de ningún lado en especial y aún antes de verla, percibí su aroma en el aire. Aún antes de fijar mi vista en ella, la había reconocido.<br />
Mis ojos volvieron a encontrarse con los de mi madre después de un tiempo inmensamente pesado.<br />
La yema de mis dedos recorrieron una a una las arrugas de su cara. Bebiéndolas. Alimentando mi alma con ellas. Como en un largo trago de amor y cariño. Sus ojos verde grisáceos me miraban con la calidez y el orgullo de siempre desde detrás de sus gruesos anteojos y otra vez, desde que comenzara este viaje fascinante, sentí que las cosas dentro de mí cambiaban de forma mágica. Apoye con suavidad mi cabeza en su eterno saquito de lana verde, cerré mis sentidos a cualquier otra cosa y me fundí en ese contacto que extrañaba al punto de causarme un dolor físico a veces irresistible. Por primera vez en mucho tiempo lloré las lágrimas que venía guardando desde décadas.<br />
Lloré y la neblina en mi interior empezó a ceder. Cada salada gema de mis ojos se llevaba consigo un jirón de nube. Sentía el pecho caliente, la piel me quemaba, los ojos y la boca estaban hinchados y mi nariz toda congestionada. Gemía con amargo dolor todas las frustraciones de mi vida y en cada estertor, el monte se hacía mas y mas claro. Mi desahogo se llevaba las impurezas que pudiera haber en el lugar.<br />
_ Mami, te extrañé tanto. Te necesité tanto<br />
Con su calidez eterna acarició mi cabello y en ese gesto me sentí redimido de casi todo.<br />
Las noches que lloré a la luna por no haber podido mostrarle sus nietos. La melancolía de mi alma cuando ante mis triunfos ya no estaba para verlos. La soledad de no poder compartir con ella y con mi padre los orgullos que logró el hombre que fue el niño que lloró en su regazo.<br />
No haber podido darle tanto de lo que me quedó dentro. Las veces que me miré al espejo analizando al hombre que fue el niño que sacó de la muerte una y mil veces, cuando el oxígeno se empeñaba en no entrar al cuerpo flaco y sufrido.<br />
_ Madre.  Te fuiste tan rápido que no me diste tiempo de amarte más.<br />
Su voz entró en mis oídos como si hubiera estado allí siempre y su melodía tensó las cuerdas más hermosas en mi interior.<br />
_ Como has crecido. Los golpes y las caricias te han hecho un hombre de bien y es lo que cuenta. La vida es solo parte de una existencia mayor y somos una pequeña parte de algo sin dimensiones físicas, como ves, en un punto siempre volvemos a encontrarnos. Es justo el dolor por todo lo que no pudiste compartir conmigo. Pero también es cierto que te dimos con tu padre lo mejor de nosotros y eso jamás se fue de la vida. Yo sigo viva. Sigo en tu mirada,  en los gestos buenos y malos que practicas día a día. Sigo viva cuando en tu cabecita repasas lo bueno que hice y me bendices. Sigo viva cuando revisas las equivocaciones que cometí y las tratas con benevolencia. Sigo contigo y me perpetúo en la sonrisa de mis nietos y lo haré en la de sus hijos porque al prolongarme en ti de la manera que lo hago, significa que las cosas fueron bien hechas y eso es lo que cuenta.<br />
_ Si haces las cosas bien. Si pones lo más honesto de tu parte y si logras transmitirlo, si pasas por este mundo dejando una huella de bondad y servicio, lograrás que mi vida y la de tu padre no hayan pasado en vano y te asegurarás un gran porcentaje de eternidad, lo que cuenta es lo que dejas y en quienes lo dejas, el resto no depende nunca de nosotros.<br />
 Un gran hueco de silencio pasó como una ráfaga y se llevó con él la imagen de mi madre. Me quedé solo en el monte de mi alma y luego de un rato de cavilar comencé a caminar hacia lo que parecía una salida. A cada paso era como si cambiara de estancia, de lugar. En el primer paso me encontré en el patio de mi abuelo la vez que nos emborrachamos juntos siendo yo un adolescente. Al siguiente mis amigos jugaban conmigo a juegos que ya no existen y al siguiente mis hermanas se encontraban con sus novios a la vuelta de la esquina. Cada uno de mis recuerdos se reproducía tenue a mí alrededor. Mi padre con el bigote afeitado y mi madre llorando, los ravioles de los domingos y los dolores de estómago a la hora de declararle mi amor a alguna chica. Las noches de charlas con “Cacho”, “Golo”, “Fabi”, “Tato” y “el Loco”. La paliza de mi madre cuando me escapé de la escuela y el sermón de mi papá cuando me agarré una venérea. El caballo de mi primo y las vacaciones en el campo con mis tíos en medio del carnaval.<br />
La vida y sus caminos. <br />
Salí de allí y me encontré en una playa frente a la muerte. Me miraba extrañada, no entendía porque de repente las cosas habían cambiado y se escapaban de su control absoluto. El sol se ponía en el horizonte y casi sin mirarla giré y me senté sobre una piedra que se convirtió en un arcón, donde guardaba mis recuerdos que asomaban para espiar este encuentro final.<br />
_ Dame otro relato - me dijo - y que sea bueno porque es el último.<br />
_ No - dije - el último ya te lo he dado; hice todo lo que podía hacer para complacerte. Hasta aquí llegamos. Has lo que quieras<br />
 Elevó sus manos al cielo y este se transformó en un techo de tormenta desde donde se descolgó una amarga granizada que hacia horribles hoyos en la arena. Su capa cabalgó al soplo furioso del viento y rugió.<br />
_ ¡No me desafíes mortal! Tu vida me pertenece y cuando quiera la llevaré<br />
Me levante de mi asiento y la furia de la tormenta cesó. La playa se tiño de verde hasta convertirse en pasto, un viento de occidente despejó el temporal y un arroyo cristalino corrió a mi costado. Me acerqué tanto como pude a esa figura descompuesta por el odio y le susurré<br />
_ Mi vida te pertenece desde el principio de los tiempos, pero te la llevaras cuando debas y no cuando quieras. Esa es tu mayor condena, eres tan esclava del tiempo como mi carne débil. Sólo me llevaras cuando mi tiempo se acabe y sólo llevaras mi cuerpo. Todo. Todo lo demás quedará. ¿Sabes por qué? Porque he hecho las cosas bien; he vivido de tal forma que vivo quedaré en los otros y eso no lo puedes vencer por ti sola. Necesitas un mandato mayor.<br />
¡Pobre muerte! Señora de amores y odios, fin de todos los tiempos terrenos, amante de los mayores asesinos de la historia y prostituta de horrores. Jamás podrás soltarte de tus cadenas y del temor de fenecer con la especie. Si mi tiempo ha terminado por más que no quieras debes llevarme. Si no es así no podrás tocarme. Caminé entre los bancos de la iglesia donde tomé mi primera comunión y pasé entre los bancos de mi escuela primera. Un pequeño escribía un poema de rimas inocentes impactado por la rubita de al lado.<br />
_ Pobre tonto - dijo en otra embestida - si te llevó jamás podrás mostrar tus historias al mundo.<br />
Me di vuelta y la miré a los ojos sin temor alguno, el verano despuntaba y estaba otra vez en el barrio, las calles de tierra, las que ya no están, se abrían como brazos fraternos.<br />
_ Si me llevas es porque debes llevarme y si no los escribo es porque no debo escribirlos, todo lo que debía hacer ya está echo. Mis hijos tienen una buena madre y un padre que en vida les dio todo lo bueno que tenía. Estoy orgulloso de ellos y les enseñé a vivir sin miedos. No podría ahora temerte porque traicionaría mis ideales y mi naturaleza.<br />
Seguí caminando por mi barrio. La imagen de la dama se había quedado clavada en su sitio. Me gritaba algo que yo no entendía. Su capa había caído, dejaba a la vista un espléndido cuerpo de impresionante belleza. La blancura de su piel emitía una luz atrayente que el sol multiplicaba en miles de cristales. Yo seguía a paso firme a pesar de sus cantos de sirena. Su imagen se hacía más borrosa a cada metro que me alejaba y su cuerpo se corrompía y transformaba. Ahora ya no era una mujer hermosa sino un cuerpo malsano y lleno de podredumbre. Los gusanos salían de su carne deteriorada y la pestilencia se aspiraba de lejos. Los arrullos de su voz intentando convencerme se habían transformado en histéricos chillidos y la enferma blancura amarillenta de sus huesos presagiaba su pronta desintegración. Seguí caminando; frente a la esquina de mi casa un grupo de chicos perseguía miles de mariposas con ramas de paraíso y más allá otra pandilla cazaba ranas en la zanja, con un palo y un hilo que tenía en una punta un pedazo de carne. Entré en mi casa, el techo de chapa de la cocina me recibió con su calidez de horno. Había una gran fiesta, mis padres estaban sentados a un lado esperándome y mis hermanas, con sus hijos en brazos charlaban con mis abuelos, mientras mis primos jugaban en el patio. Mis tíos (todos ellos) reían alegres por algún cuento contado entre amigos.<br />
Caminé hacia mis padres y mi gato Antonio, me pasó entre las piernas acariciándome con su larga cola negra. Me  arrodillé ante ellos, recliné mi cabeza en el regazo de mi madre. La mano de mi padre revolvió con cariño mi  pelo y depositó en mi mano el anillo que me regalara para mis 18° cumpleaños. Ese anillo que perdiera hace tanto tiempo. Cerré mis ojos y me dejé envolver por el aroma de sus cuerpos. Todo se hizo oscuridad, suave y cálida<br />
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Abrí los ojos y mi mirada nublada se cruzó con la de mis hijos. Mi mujer estaba sentada a mi lado, dormida. En su mano colgaba un crucifijo. La mano pequeña de mi hijo se cerraba sobre la mía que descansaba sobre la cama de lo que parecía un hospital. Un aparato a mi derecha emitía suaves pitidos al compás de una luz verde<br />
¡Mami, mami! - escuché - ¡Papito despertó!<br />
Mi mujer se acercó mas a la cama. Sus ojos estaban rojos. Su pelo revuelto y la cara lavada de llanto. Sus labios besaron mi frente con el beso más hermoso y sus manos acariciaron mi cara con las caricias más bellas. Luego de días de agonía y contra todo pronóstico,  había reaccionado. Supe después que los médicos me habían casi desahuciado.  <br />
Nunca mis hijos fueron mas dulces. Nunca la vida me pareció tan buena y nunca antes me pareció ver las cosas de una manera tan serena. <br />
Nadie se explica como salí de eso, así que lo califican de la única manera posible. Milagro. Nadie sabe tampoco como apareció en mi mano, el anillo de mis 18. Ese que nadie sabía donde estaba.<br />
Parece que después de todo, contaré mis historias al mundo.<br />
     Fin<br />
]]></description>\n</item>

<item>
<title><b>Los olivos detrás del mar (Capítulo 11)</b></title>
<link>http://elescritorylamuerte.bitacoras.com/archivos/2006/01/07/los-olivos-detras-del-mar-capitulo-11</link>
<description><![CDATA[ <br />
La marea de los tiempos es un agua que se mueve al influjo de una luna que la mayoría de los mortales no han podido aún acertar a predecir. Sobre finales del siglo XIX principios del XX las corrientes migratorias mundiales apuntaban hacia los territorios colonizados en el XVI por las potencias de Europa, mientras el mundo iba camino de un nuevo acomodamiento geopolítico. <br />
Una serie de acontecimientos diversos generaron en esta parte de la historia, una verdadera marea humana que se desplazó desde el viejo continente buscando ocupar las plazas vacantes que en su país de origen, la tecnificación les había arrebatado. <br />
Mas tarde, los tiempos de guerra transformaron el flujo migratorio en desesperadas masas que pugnaban por escapar no sólo de la metralla y las bombas, sino también del hambre y la miseria. Los barcos se llenaron de exiliados y el mar se convirtió en una ruta de una sola vía. Las làgrimas no alcanzaban para llorar las familias separadas, padres en un continente, madres en el otro. Hijos perdidos en medio de la guerra y el caos, intentando huir a como de lugar. Hermanos que por décadas se perderían el rastro.<br />
Hoy en los comienzos del siglo XXI la luna cambió y el influjo de la marea se convirtió en una ruta inversa. Los descendientes de aquellos que otrora saciaran su hambre y su sed en Argentina, hoy golpean desesperados las puertas de España, Italia, Alemania y Francia, pidiendo la redención de los favores prestados a sus ancestros.<br />
Cosas de esta historia que va y que viene.<br />
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Cuando me bajé del taxi en la esquina de un bar de Rosario, sabía que iba a buscar. Iba a buscar una historia de esas. Una historia de inmigrantes. De hombres y mujeres separados por la guerra, que tiempo más tarde vuelven a reencontrarse.<br />
El cielo estaba gris, encapotado. Una persistente llovizna se desprendía en aquel anochecer sombrío de invierno. Ese paisaje me llenaba de tristeza. Mis padres murieron una noche así. En el comienzo de mi juventud. La imposibilidad de compartir mi vida y mi familia con ellos, me ponía muchas veces en un estado de ánimo que se exteriorizaba cada vez que el cielo descolgaba un aguacero persistente.<br />
En el bar arrebujado en un rincón cerca de un falso hogar estaba Ernesto. La persona a quien iba a entrevistar. Saludos, comentarios de ocasión, pedido al mozo y de lleno a lo nuestro. Tantas ganas de hablar tenía él como yo de escuchar.<br />
Ernesto era hijo de italianos. Su padre, dijo, era un gringo que trajo la guerra. Callado y severo tenía por dentro el dolor de su tierra perdida y la añoranza de aquellos que nunca más volvió a ver. Giusseppe se llamaba. Giusseppe tenía 18 años cuando su familia dejó los olivares en la "regione di Ascolli - Picceno". La madre lo subió a la fuerza y a escondidas en un barco y esa fue la última vez que la vio. Nunca más supo de ella. Un océano de agua y de locura humana, lo separó para siempre de los suyos.<br />
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Ernesto mira la nada entre el humo del café y el cigarrillo. Ernesto mira sin ver. Ve, en cambio a su padre sentado en un sillón del living hace ya 40 años. Lo ve grave y en silencio. Lo ve mirar el huerto de su casa por la ventana y ve sus ojos de humo. Ve su mirada que busca entre los terrones de tierra algún pedazo de su tierra. Ernesto escucha entre los pliegues del tiempo las noches de lluvia que pegaban en el techo como metralla y la voz de su padre que volvía a los olivares. Al atardecer de Italia cuando el sol se escondía entre los árboles y el se sentaba con su prima, Gina, a mirar la pintura de esa imagen sintiendo la calidez de cada jirón de luz. Mientras su padre hablaba sonaba en el ambiente una vieja "canzonetta". ¿Sería la que escuchaba la madre mientras fregaba?. ¿Sería la que cantaba el padre mientras trabajaba el campo? <br />
Ernesto vuela por sobre el tiempo y ve las làgrimas de su padre que se escapan a escondidas de todos. Trata de ponerse en su lugar. Un mocoso de 18 años que llega muerto de hambre a una tierra que no conoce con un idioma que no entiende.<br />
Durante muchos años trabajo el padre de Ernesto. Ahorro peso por peso y con sus ahorros se compró una casa. Una casa en donde plantó un huerto y un corral con gallinas, patos y conejos. Por la tarde cuando llegaba de trabajar se ponía a roturar la tierra y atender los animales. “A mis hijos nunca les va a faltar comida decía”. “Esta tierra es bendita” se le escapaba entre los labios mientras gruesas gotas de sudor corrían por su cara y besaban las verduras. “Papá”. Preguntó Ernesto una vez. “Porque no plantas árboles de aceitunas. Si salen lindos a lo mejor remplazan a los que perdiste en Italia”.<br />
Ernesto recuerda. Su mirada se vuelve nostalgia y siente la misma ternura de entonces cuando escucho la respuesta que sólo entendió cuando creció. “Esos olivares no eran árboles. Eran mi cuna, mi niñez. Eran la “mía mamma” cuidándome en las noches o mi papá contándome cuentos. Eran los domingos de familia en la mesa ruidosa y llena de gente. No, hijo mío. Esos árboles nunca van a poder ser reemplazados. Esos están en mi corazón. Duelen en el alma cuando mis ojos los buscan en las noches de sueño febril y no están”<br />
“Mi viejo”. Dice Ernesto. “Murió cuando mis hermanos y yo éramos muy jóvenes. No conoció algunos de sus nietos, pero murió con el orgullo de saber que nos había educado a todos sin hambre y con la fuerza para valernos cada uno por sí mismos.<br />
Nunca volvió a sus olivares. Nunca pudo encontrar a nadie de su familia por más que buscó y buscó. <br />
Cuando sus ojos dejaron de ver, yo estaba a su lado. Una dolencia repentina y terminal, lo postró para siempre y en unas pocas semanas se lo llevó. Unos minutos antes de morir esa madrugada, se despertó sin razón aparente. Las cortinas emitían un leve roce contra el marco de las ventanas. Me miró con esa mirada de humo que tantas veces le viera y en sus pupilas una luz de angustia dibujó su más secreto dolor. Murió dolorosamente consciente. Murió con la ternura de su familia y con la enorme tristeza de los que no pudo volver a ver. Se llevó consigo las ansias y las ganas de recuperar aquello que la vida le quitó y que nunca le devolvió”<br />
La madrugada avanza en el café de Rosario pero yo, como Ernesto, estoy lejos la lluvia arrecia ahora sobre los cristales. Cada gota golpea sobre el vidrio y sin embargo, no siento nada más que las palabras de mí entrevistado. A los sucesivos cafés siguieron un par de coñac pero sin sucesión de continuidad volvimos a la cafeína mientras desandaba la historia. El relato de Ernesto golpeaba y golpeaba en mis oídos, mientras giraban los cabezales de mi grabador, sumando palabra tras palabra.<br />
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Andábamos promediando la década del ’80 cuando por fin la profesión de Ernesto lo llevó a trasponer el atlántico y cruzarse en una reunión en tierra europea con un joven del mismo apellido que, oh casualidad, era de la misma región de Italia. Charlando y sin querer se habían encontrado. El europeo le dijo que su madre se llamaba Gina y que solía añorar los atardeceres de olivares junto a un primo que la guerra le llevó y jamás volvió a ver. Ernesto le comentó que su padre había muerto con la sed de esos olivos en el atardecer. Juntos desandaron caminos y sin querer se encontraron al final con el mismo destino. <br />
En su segundo viaje Ernesto fue a Italia y sin una escala, fue derecho a la casa de su primo, recién descubierto. Desde allí el hombre lo llevó unos kilómetros afuera de la ciudad. Adonde estaba la madre. Era una zona de colinas suaves, tierra áspera y gente solidaria. Entre los árboles del camino Ernesto pudo divisar una casita humilde donde el auto de su primo entró. En la puerta, sentada frente a la sombra de una planta, una mujer con la edad aproximada de su padre y con un leve aire a él, esperaba sin prisa el paso de los años. Cuando el se acercó ella escudriñó su rostro y sin saberlo ni esperarlo se encontró con Giuseppe. Aquel primo que la guerra le quitó. Ernesto la besó y, cosa loca, en su aroma reencontró el aroma de su padre. Sus làgrimas, escapadas sin querer, recorrieron con ternura cada arruga de Gina y a cada paso regalaban las caricias que a su padre le faltaran. Todo el día estuvieron recorriendo la vida. Durante todo el tiempo de ese tiempo estuvieron reconstruyendo 60 años de ausencia y dolor.<br />
Sobre el atardecer y con su historia en el corazón, la de uno y otro lado del océano, Ernesto emprendió despacio el camino a la colina. Los olivos, resistentes, persistentes, seguían allí. Se sentó en una roca milenaria y espero. Nunca supo como, nunca supo porqué. En el preciso momento en que el sol comenzó a atravesar las verdes ramas del olivar, sus ojos no fueron los suyos. La mirada se le volvió humo y el alma se le mudó en nostalgia. <br />
La tierra en sombras de rojo atardecer retrocedió más de 6 décadas y sus manos se volvieron adolescentes sobre la roca. Ernesto jamás pudo explicarlo. Sólo lo sabe, simplemente lo asegura y, sin temor a dudas, lo afirma cada vez que cuenta la historia. Su padre estuvo allí con él. Robándole a sus ojos el último atardecer. Ese que añoró hasta el dolor inexplicable. El que en ese momento, le dio a su alma, la paz que no tuvo en vida. <br />
Ernesto bajó de la colina. Era tarde casi noche y al llegar al pie, una sensación extraña lo hizo volverse. Por un instante vio en la roca, la figura de dos jóvenes que, charlaban de su historia nueva y su futuro inseguro. Fue sólo un instante. La noche se llevó la magia, el sol murió tras la colina y él volvió al presente.<br />
“Nunca volví a ser el mismo” dice Ernesto. “Pero de ahí en adelante es como que vivo más en paz con mis recuerdos y con menos tristeza por mi viejo”<br />
               <br />
Las sombras borrosas del amanecer recibieron el final del relato. Pagamos y salimos a la helada madrugada que moría. Un viento frío soplaba del oriente y sobre las ultimas nubes de la tormenta, los primeros rayos de sol alumbraban, casi sin querer, mi cara de sueño. Como un atardecer entre los olivos más allá del mar.<br />
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Ese día soñé con mis viejos. Los vi en el jardín jugando con sus nietos. Desperté con su aroma en mis narices.<br />
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Oscuridad. Oscuridad y silencio. Mis ojos se esforzaban por ver algo tras los muros de sombras que se levantaban a mi frente. Sólo el gemido ronco de la respiración de mi acompañante daba, justo ella, una señal de vida. <br />
Una brisa suave comenzó a pegarme en el rostro y una sensación de velocidad se apoderó de mí. Poco a poco la luz fue ganando terreno y me encontré girando en el espacio. Mi cara a centímetros del rostro de la muerte. Sus manos a poco espacio de las mías. Su mirada profunda me devolvía un gesto entre piadoso y burlón.<br />
Nada había a mis pies, nada en mis alrededores cercanos. Lejos. Muy lejos, el brillo de las estrellas marcaba el ritmo del universo. <br />
_ Mira - me dijo con voz entristecida y su dedo largo y sinuoso señaló hacia un punto que poco a poco comenzó a crecer.<br />
La Tierra – dijo – el hogar donde descansan tus mas caras expectativas. <br />
El globo terráqueo comenzó a hacerse más y más grande hasta poder yo, diferenciar entre las zonas acuáticas y las terrestres. El azul marino comenzó a virar a unos tonos rojizos hasta tornarse bermellón. Muy similar a la sangre. Demasiado. Los marrones montañosos y los verdes de la fronda se fundieron en uno con los grises humo oscuro de las ciudades y todo se volvió un gran caos. Muy similar a los frentes de tormentas que los cielos despiden en las tierras del trópico<br />
_ Mira – repitió – mira como poco a poco se funden en su propia miseria. Los hombres de buena voluntad cada vez quedan más ahogados por aquellos que poseen el poder. <br />
Las riquezas se terminan. Los alimentos se agotan. La humanidad va camino a la extinción de la mano de las potencias y la soberbia de aquellos que se creen dueños del mundo.<br />
Giró sobre mi cintura y me abrazó por detrás. Pude sentir la dura punta de sus pechos sobre mi espalda y su helado aliento sobre mi cuello. Sus palabras seguían sin descanso.<br />
_ Todas las patrañas que inventas sobre el más allá y su conexión con el mundo real no existen. Yo soy el único, inevitable e inconquistable final. <br />
Con fuerza comenzó a empujarme hacia los remolinos de rojo sangre y de gris opaco de la esfera terrestre. Nos sumergimos en un mar de muerte, decadencia y corrupción donde sólo la ley del más fuerte prevalecía.<br />
Nos introducimos en un oscuro pasillo donde de repente, se encendieron imágenes que corrían a mi alrededor. Pude ver imperios nacer desde los más humildes orígenes y llegar a lo más alto de la cima del poder. En el camino la humildad se transformaba en prepotencia. La sabiduría adquirida desde el comienzo transmutaba en una asquerosa soberbia. Y al final el poderío se corrompía en la herrumbre del tiempo y un viento de siglos la barría de la faz de la tierra, dando origen a otro nuevo ciclo con otros partícipes. <br />
Entre ciclo y ciclo, el castillo de la humanidad dejaba un trozo de construcción quemándose en los rescoldos de las pasiones temporales.<br />
Una luz flamígera nos baño por completo y otra vez cambió el escenario.<br />
Al calor de una hoguera, un conjunto de soldados cantaba canciones. La luz de las llamas pintaban fantasmas en sus rostros de sombra y humo. La muerte se acercó a ellos y uno por uno los besó en la mejilla. Sus vestidos cayeron y desnuda tomó el centro del círculo humano. Loca bailaba mientras loca reía. Loca y ebria repetía.<br />
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_ He aquí mis sicarios. Son los marcados. Los que matan sin saber si verán la nueva luz del día.<br />
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Su piel blanca destellaba en la oscuridad y las lenguas parecían caricias que se enredaban en el cuerpo de sus acólitos. En una de sus rondas de danza, la luz de su cuerpo baño  más allá del grupo. <br />
Una pila de cadáveres estaban apilados de forma impúdica a unos metros de donde sus verdugos descansaban de su matanza. Mujeres niños y jóvenes hermanados en el instante final.<br />
La muerte se acercó. Feliz en su danza trágica, en cueros y sonriendo alegre.<br />
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_ Escucha – susurró a mi oído – escucha a ver si aprendes de una vez por todas quien manda aquí<br />
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<title><b>Canto de sirenas (capítulo 10)</b></title>
<link>http://elescritorylamuerte.bitacoras.com/archivos/2005/12/31/canto-de-sirenas-capitulo-10</link>
<description><![CDATA[ Calor de media tarde. Día tórrido de verano. Tito suda sobre el torno y sus gotas de sudor, bendicen el acero que poco a poco se transforma bajo su experto manejo. Calor de locos. Un calor que tito asocia libremente con una cerveza bien fría y una picada de fiambres junto a su mujer y sus hijos. Corre la década del ’60, y la industria metalúrgica esta en pleno auge en la Argentina que bulle con violentos aires políticos que no afectan, en apariencia, el inmenso poder de producción de un país en continuo peligro de estallido social.<br />
Suena la sirena en la fábrica y tito se suma en la salida a miles de obreros que se multiplicarán por otros miles en otras tantas fábricas a lo largo de todo el país. Tito es feliz. Monta en su moto recién comprada y marcha a encontrarse con sus hijos en su casa, recién construida, en el barrio recién poblado. <br />
Bulle el verano y levanta del pavimento oleadas de calor como centauros que cabalgan la piel de tito que nada de eso siente. El viento le pega templado en la cara y rueda que rueda la moto corre sobre las calles a la búsqueda del ansiado reencuentro. <br />
La vida le sonríe y sueña con sirenas. Va andando la vida por el año 1965. El ambiente político sigue enrareciéndose. Han derrocado ya a Arturo Frondizi y se teme que las Fuerzas Armadas desplacen también al actual Presidente, Arturo Illia, antes de una nueva victoria peronista. La idea de una “revolución nacional” es la idea de muchos algunos sectores del Ejército trabajan en los planes que se pondrán en marcha una vez marginadas las autoridades constitucionales. <br />
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Tito en Rosario lee el diario del domingo, está sentado a la puerta de su casa con un vermouth en la mano, bajo la sombra del árbol. De tanto en tanto mira a su hijo de 3 años que juega con autitos de madera que el mismo le arma en sus ratos libres. Lee las noticias y murmura maldiciones por lo bajo. Tito es peronista y como buen peronista de base responde a las ideas y movimientos del “general”, del “pocho”, como le dice el pueblo. Maldice la persecución, el exilio y la marginación a la que el líder del movimiento es condenado por sus detractores. <br />
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Pasa el tiempo pasa la vida, tito ve crecer a sus hijos, el golpe de estado de Onganìa lo rebela, le revuelve la sangre y el estómago, pero también las peleas internas de los sindicalistas que deben defender los intereses obreros antes que politizar la lucha. Esa lucha intestina que ya ha dejado como saldo dirigentes muertos. Tito sigue sudando sobre el torno y su sudor sigue regando la bendición del acero. El “granero del mundo” que es Argentina se ha convertido hace tiempo en una selva de industrias donde el movimiento obrero es fuerte. <br />
El país se suma a los juegos de mundo. <br />
Es la época de las ideas y los ideales, occidente y oriente se disputan América latina y hacen de ella el campo para dirimir sus diferencias. Pasa lo mismo en Vietnam y en tantos otros lugares remotos a los centros de decisiones. Convierten a América en un campo de batalla que se extiende desde Nicaragua hasta el cono sur, las ideas de izquierda se disfrazan de tercera posición y las de derecha se visten de cañón. El ímpetu de los jóvenes y la mecha de la revolución, es frenado poco a poco y la izquierda va perdiendo la batalla en la brutalidad de la muerte. La década del 70 abre sus puertas. Perón regresa pero ya no es el general aquel de temple y garra. Un brujo y una mujer lo flanquean y ya ni él puede sostener en su cauce los ríos de furia interna que se desatan en el movimiento parido hace casi 3 décadas, allí también la izquierda y la no tan izquierda han sembrado su batalla. <br />
Tito llora y maldice por su líder muerto y por la nueva llegada de una dictadura pedida por muchos. Piden la imposición de mano dura para frenar la ola de atentados de asesinatos y de virtual guerra civil. Golpean la puerta de los cuarteles. No saben lo que piden. La intervención militar dejará la más nefasta y vergonzosa herencia de los argentinos del siglo 20. Los más sensatos y menos marcados acallan sus voces y sobreviven a la caza de brujas, los más osados siguen la pelea y en le medio mueren o desaparecen que es lo mismo. Los más marcados y menos jugados escapan, se esconden, eligen el exilio.<br />
Tito ve crecer a su hijo. Es hijo de los 70. Hijo de la dictadura.<br />
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Tito ya no es el mismo y la Argentina tampoco. Sucesivos planes económicos y depresiones financieras hunden al país en violentas convulsiones. Entramos en los 80 con muy pocas alegrías y demasiadas penas y vergüenzas. Tito sufre un infarto y su hijo, a punto de cumplir 18 años, lo asiste junto a su madre mientras espera la llegada de la ambulancia. Ambos ansiosos buscan en el aire el sonido de la sirena. Una sirena que tendrán que esperar muchas veces más en la larga enfermedad de tito que a partir del primer infarto sufrirá varios más hasta dejar su vida en una cama de hospital. <br />
Tito ya no es el mismo y su hijo, tampoco. <br />
El nene aquel que jugara con los autos de madera, hoy trabaja en la metalúrgica donde antes trabajo su padre. Terminó el colegio secundario pero nunca logró pasar del primer año de facultad. En Argentina los tiempos políticos son otros. Treinta mil desaparecidos, la apertura de las importaciones y una guerra perdida fue algo del saldo que dejó una dictadura militar que secuestro bebés, mató adolescentes y robó sin escrúpulos en pos de un objetivo dictado por las potencias supremas. Ganarle la guerra a la izquierda. <br />
Con el verano de 1982 llegó también la democracia. Otro intento más. Cambian las caras, se esconden los antiguos rostros. La gente pide justicia pero no se anima a agitar las aguas de la democracia por temor a la tormenta. El hijo de tito en su moto importada corre veloz a su casa donde descansará y luego del partido de fútbol con los amigos irá a visitar a su novia que lo espera. En una de las tantas visitas le dará la noticia que ha quedado embarazada.<br />
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La nueva democracia trae aparejada momentos de incipiente euforia y sucesivos planes económicos que van chocando con los intereses de mezquinos políticos en busca del poder. El gobierno se socava y luego de una breve primavera cae en un invierno cruel.<br />
En 1988 comienza el principio del fin. <br />
La brecha entre la moneda nacional y el dólar obliga a imponer otra devaluación. Los sucesivos levantamientos militares y la pérdida del poder político asolan el gobierno de Raúl Alfonsìn.<br />
El hijo de tito es uno de tantos. Se queda sin trabajo y, ya casado y con hijos, comienza a bajar por la parte más rápida de la pendiente. El más grande de sus hijos tiene ya 5 años y detrás de él vinieron dos más. Ya no tiene salidas. Su padre murió, la fábrica donde trabajaba cerró, su mujer está otra vez embarazada y la casa en donde vivía fue rematada. <br />
Corre loco el año 1989. Oleadas de gente en Buenos aires y Rosario se meten en los supermercados en busca de cualquier cosa que se puedan llevar. Son los saqueos. El hijo de tito y su mujer recorren las góndolas junto al centenar de personas. La policía nada hace. El gobierno tambalea en sus últimos estertores. A lo lejos el hijo de tito escucha el ulular de la sirena policial y sin quererlo lo asocia con aquella que su padre y él escucharon hace tiempo en la fábrica, hoy cerrada. <br />
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Entramos en un nuevo siglo. Unidos y dominados. El hijo de tito sueña perdido entre su nube de alcohol. Pasa y repasa la historia. Se acuerda de la moto importada de los autitos de juguete, de su padre, de la casa y del trabajo. Sueña mientras sus nublados ojos lloran de rabia. El calor del verano calienta la chapa de la casilla y él, recostado, medio borracho y sudando, llora de impotencia bajo la mirada cansada y hosca de su esposa. Una vida de infortunios, años de ignominia, de luchas perdidas, de ideales entregados. El rancho lleno de hijos, lleno de mugre. Lleno de vergüenzas y dolores.<br />
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Enero del 2002 y el nieto de tito, el más grande, ya ni se acuerda de su padre ni de su abuelo. Con 19 años esta lleno de condenas, la vida le dio en suerte un destino de perros. Ya temprano abandonó la escuela y junto a su madre y sus hermanos se fue a revolver basura para poder comer. Su padre, alcohólico y destruido se quedaba en el rancho divagando sobre historias de fábricas, de sirenas, de casas de material y eneros de vacaciones en las sierras cordobesas. Él nada entiende de eso. Entiende de basura, de hambre y de la brutalidad de una vida marginal que, poco a poco, lo absorbe, lo hace suyo. Sus sirenas son las de los móviles policiales y a lo lejos la de las ambulancias cuando algún compañero de fechorías, cae alcanzado por las balas. Nada entiende de otra cosa. <br />
Poco a poco se hace un experto en el arte de sobrevivir en un mundo violento. Antes de su mayoría de edad ya tenia tres hijos y venían dos en camino. Su pareja, tan expuesta a la brutalidad como él. Sale por las noches a prostituirse para poder llevar unos pesos más para sus hijos. <br />
El nieto de tito otea por las noches el aire como un animal. Sale con dos o tres compinches y se trepa por techos ajenos. Sus pulmones están llenos de humo y su sangre se inunda de droga. Primero fue el pegamento, después la marihuana y ahora es la cocaína. Su cerebro se embrutece más y más. Sus músculos se vuelven correosos a fuerza de golpes y supervivencia y su cuerpo flaco por la mala alimentación es una máquina de delinquir.<br />
El nieto de tito vive sin vivir. Una noche al regresar de sus andanzas encuentra la noticia fatal. Su mujer se fue con otro fiolo que le prometió una vida mejor. Él desespera. Toda la villa lo sabe. Muere de vergüenza. La vergüenza se multiplica por miles de soles que le queman la sangre y le hierve el cerebro. La droga corre loca por sus venas y se mezcla con la demencia y el alcohol. A unos metros de su rancho, el hijo de tito, su padre, sigue soñando con las sirenas de su fábrica. Las mezcla en su memoria con las ambulancias que tantas veces corrieran por la vida de Tito tras el infarto. El nieto de tito nada ve, nada siente. Sus cinco hijos, los mellizos de 2 años y los otros, de tres, cuatro y cinco duermen todos juntos en una misma cama. <br />
Afuera el calor se desata en tormenta de verano. Las nubes cubren el cielo y la lluvia se desarma sobre la ciudad. Las gotas golpean en la chapa del rancho y el nieto de tito las siente en su corazón marchito, en su alma seca y en su piel gastada de 19 años que son un millón de años de vida inmunda. Su mujer se fue con otro y la droga y el alcohol lo enloquecen. El arma que tantas veces apuntara a otros, esta apuntando a su cabeza. No ve, no piensa, no siente nada más allá de la furia y la vergüenza. <br />
La lluvia cesa. El aire frena su andar y en la villa, un silencio de muerte deja paso a 6 disparos y una locura. Una locura y mil llantos. Mil llantos que se multiplican en miles de lamentos y dolores que ni la lluvia más feroz puede lavar. El hijo de tito escucha los disparos sin saber que su hijo acaba de cometer una locura atroz, la más imperdonable de todas las demencias. Nada sabe que sus nietos ya no están, nada presiente que su hijo se fue con ellos. Escucha a lo lejos las sirenas de la policía, mezcladas con las de las ambulancias y llora. Llora por el pasado perdido, por el presente ignominioso y por un futuro inexistente. En su locura de degradación, no alcanza a entender en que momento las sirenas de las fábricas se trocaron por sirenas policiales. <br />
Su hijo ni siquiera tuvo la oportunidad de analizarlo. La vida lo lanzó en un tobogán de locura y criminalidad en el cual sus responsabilidades deben, necesariamente, ser compartidas por la sociedad.<br />
Llueve en la villa. No a parado de llover desde las detonaciones fatales. El barro se regodea por el lugar tanto como lo hace la tristeza y el dolor. El cortejo fúnebre sale del rancho humilde y los 5 cajoncitos blancos, son rodeados por la gente como queriendo separarlo del más grande. La madre de los pequeños llora desconsolada y no puede caminar sin ayuda. Llora la villa la muerte de los niños. La lluvia riega de llanto el lugar, y da las làgrimas que una sociedad hipócrita, poco comprometida y cobarde jamás otorgará. A lo lejos se escuchan las sirenas, quien sabe porqué.<br />
Por sobre la villa, recortada nítida contra el cielo y en medio del aguacero, la muda chimenea de la fábrica cerrada espera por el milagro que despierte su sirena. <br />
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Mi cabeza se movía de un lado hacia el otro y mis manos se estrellaban contra mis ojos en una búsqueda desesperada por despertar de esa pesadilla loca en la que estaba. La dama de la guadaña se reía con un rictus de soberbia en su cara. Su cuerpo se transformaba en una horrenda gárgola que, agazapada sobre una rama, esperaba el momento de atacar. De pronto, ante mis ojos, en una metamorfosis increíble su cuerpo se estilizaba y se convertía en un ser de forma humana con un cuerpo muy estilizado y al instante siguiente desaparecía para reaparecer detrás de mí. Me sentía mareado, asqueado. Sus manos me tomaron de la cintura. <br />
Sobrevino una explosión repentina. Toda oscuridad. Sólo murmullos extraños. Mis ojos se fueron acostumbrando a las tinieblas y alcance a ver un punto luminoso en la distancia que se acercaba mientras la muerte y yo caminábamos hacia él. El murmullo se torno sonido cierto y la oscuridad se transformó en penumbras. A mis costados habían aparecido butacas. Filas interminables de butacas a un lado y otro, hasta donde mi vista pudiera ver. En ellas, sentados cómodos, hombres y mujeres de todas las etnias conversaban animadamente mientras miraban la pantalla. <br />
La muerte seguía llevándome hacia la luz verde azulada de las imágenes que se proyectaban. Mas cerca estábamos y mas ensimismada se volvía su actitud. Sus pupilas, negras de principio a fin, despedían un halo de luz demencial, su pecho subía y bajaba, excitado por algo que se encontraba mas allá del paño blanco que servía de soporte a las imágenes.<br />
Nos acercamos a la pantalla hasta quedar con las narices en ella y, sin saber como, atravesamos el paño y nos encontramos dentro de las imágenes. Las luces y fuegos de artificio se transformaron en ensordecedores explosiones y las columnas de humos salían de edificios en llamas. Los gritos de dolor se escuchaban nítidos a través de las ráfagas de metralla y el sonido de las construcciones derrumbándose. <br />
Mi desagradable acompañante había soltado mi mano y había aumentado su tamaño en forma considerable. Sus pies se elevaron del suelo y voló hasta quedar por sobre el sangriento escenario. Toda su figura dominaba el lugar. Sus manos extendidas aferradas a la capa cubrían con una sombra funesta las masas de seres humanos que se desplomaban ante las esquirlas de las bombas. A mis espaldas la marea de espectadores, solo veían un montaje con luces de colores sin saber que desde este lado, la sangre y el dolor eran moneda corriente. Sólo veían lo que querían que les mostraran. Era una guerra cinematográfica.<br />
La muerte daba vueltas enloquecida y de tanto en tanto me miraba regodeándose en su propia bestialidad.<br />
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_  Ves – decía – a la humanidad nada le importan sus congéneres. A fines del siglo XX y en los principios del XXI inventaron la guerra por televisión. Una manera adecuada de no sentirse culpables por no hacer nada. Es la supervivencia del mas fuerte y mas poderoso. Aquí – concluyó – en estos lugares, yo soy su majestad por decisión y orden de los más poderosos. Yo soy el fin al que se llega por cualquier medio.<br />
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Su majestad la muerte me paseo por ese lugar de miseria y destrucción. Soldados casi cercanos en apariencia a robots militarizados recorrían las ruinas entre las decenas de muerto entre los que predominaban mujeres y niños. Casi como un efecto cinematográfico, se escuchaba y veía en donde el horizonte se perdía el discurso de líderes mundiales asegurando que el conflicto no involucraría a la población civil y no sé que más. La última parte de la oratoria se perdió entre el llanto de un chiquito que se desangraba al lado de su madre muerta.<br />
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_No es verdad – le dije – esto no puede ser todo. Esto no es la esencia de la humanidad y, si bien puedes ser el fin no eres el todo<br />
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Sus manos se volvieron garras afiladas como navajas. Sus labios se abrieron y su boca mostró dientes llenos de sangre y putrefacción. Su carcajada rebotó entre los escombros de las ruinas.<br />
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_Dame tu historia – exigió – y se sentó sobre una pila de huesos a escuchar  <br />
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Yo miré a mi alrededor. Mi fe se tambaleaba. Recordé cuantas veces la humanidad estuvo al borde del caos total y cuantas veces rebasó la raya. Recordé una a una las contiendas del siglo XX cuando las poblaciones civiles comenzaron a ser parte de las víctimas y como el hombre aplicó la tecnología esmerándose en construir máquinas para matarse mejor.<br />
¿Hasta que punto estaría acertada mi contendiente? ¿Hasta que punto estaría yo herrado? Quizás sólo fuéramos un accidente de la creación que marchaba sin remedio a su extinción total. <br />
Cerré los ojos a los estruendos. Cerré mi mente a las imágenes y, desde mi lugar busque en mi interior una historia que frenara a la muerte con la esperanza de una vida mejor.         <br />
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